Foro OCDE Barranquilla: la hora crítica para la economía urbana

En la Barranquilla que volvió a mirar de frente al río Magdalena y al Caribe, esta semana confluyeron las urgencias planetarias: clima, economía y justicia social.  Mientras el termómetro global marca récords, la violencia se toma las calles y las finanzas tiemblan, la ciudad recibió el Foro de Desarrollo Local de la OCDE 2025, convirtiéndose en brújula para quienes buscan pistas sobre cómo sostener la vida urbana sin hipotecar el futuro.

Del 8 al 11 de julio se celebró en Barranquilla este encuentro, la primera vez que abandona Europa para instalarse en América Latina.  A la orilla del río desembarcaron más de 3.400 participantes provenientes de 95 países, convirtiendo a la Puerta de Oro de Colombia en un auténtico laboratorio de diplomacia urbana.

Detrás aterrizaron también los 38 miembros permanentes de la organización, responsables de dos tercios del PIB mundial, recordándonos que las decisiones discutidas aquí pueden mover –o frenar– las agujas de la economía global.

El temario no podría ser más pertinente: transición verde sin dejar a nadie atrás, economía circular que revalorice los residuos, energía azul que parta de nuestros mares y una transición justa con empleo digno en un mercado atravesado por la inteligencia artificial.

Barranquilla exhibe sus credenciales: la recuperación de la Ciénaga de Mallorquín, el Gran Malecón como pasarela de biodiversidad urbana y la apuesta por distritos de innovación que nacen en antiguas fábricas.

Todo ello sirve de vitrina para un debate mayor: ¿cómo blindamos a las ciudades frente al colapso climático y económico sin repetir el guion extractivista que nos trajo hasta aquí?  No se trata solo de evitar repetir ese guion, que históricamente concentra la riqueza y amplifica la desigualdad, sino de impulsar un desarrollo verdaderamente inclusivo.

Escuchar a alcaldes de Bogotá, Cali y Salvador de Bahía conversar con expertos de Helsinki o Dakar revela un consenso inédito: el desarrollo no se compra con exenciones tributarias; se cultiva invirtiendo en talento local, infraestructuras resilientes y gobiernos que rindan cuentas.

En otras palabras, el desarrollo sostenible deja de ser metáfora y se vuelve ecuación que incluye ríos limpios, barrios conectados y empleos verdes.

Sin embargo, la pregunta de fondo —y tal vez la más incómoda— permanece: ¿seremos capaces de sostener el impulso cuando las luces del foro se apaguen?  Debemos aferrarnos a las alianzas selladas esta semana para que el legado no se diluya entre informes técnicos y ponencias esperanzadoras.

El verdadero salto ocurrirá cuando la prosperidad cruce los puentes y llegue a los barrios donde aún faltan agua confiable, empleo digno y oportunidades para los más jóvenes.

Sin una inversión social capaz de sacar a miles de la pobreza y convertir talento local en progreso compartido, cualquier promesa verde se quedará en eslogan.

La tarea es clara: que el éxito no sea vitrina de unos pocos, sino camino abierto para todos.

Por eso me pregunto —igual que cuando escribo sobre la violencia que nunca cesa—: ¿será que, por fin, dejaremos de acostumbrarnos al rezago?  El reto está sobre la mesa: hacer de la sostenibilidad un verbo cotidiano y no un eslogan efímero.  Lo lograremos con una visión global que actúe desde lo local.

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