Fomag: Salud de los Docentes en crisis.

Crecí escuchando a mis padres decir que la profesión de docente siempre debía ser la más respetada dentro de una sociedad. Les asiste toda la razón, dado que no solo se trata de conocimientos e información, sino de cómo los individuos se adaptan a la sociedad por medio de las actividades que se desarrollan en un aula de clase.

Los valores que se discuten; la ética que el maestro transmite y la exigencia de este en las actividades que se desarrollan para entrenar al ser humano para la vida, adquiriendo destrezas, disciplina y fomentando la convivencia de manera armónica, para conseguir fines de una sociedad más justa.

Si no logramos entender lo valioso que representan los maestros en este país, estamos en la inmunda; por esta razón levanto mi voz de protesta sobre lo que observo en las filas de las IPS, a la espera de atención a quienes nos ayudaron en nuestra formación como personas.

Lo que hoy veo no es una normal deficiencia administrativa, es una espiral de negligencias, burocracia desmedida y un desprecio total por quienes tuvieron el honor de formar hasta quienes hoy son sus verdugos.

Así le paga el diablo a quien bien le sirve, decían los abuelos, refiriéndose a la hipocresía de quienes pretenden cambiar modelos de servicios de salud, sin tener planes de contingencia que permitan minimizar los efectos que generan los cambios en el sistema de salud.

Si así nos comportamos con quienes nos formaron, ¿qué quedará para el resto de gente de este país, particularmente para quienes se han dedicado en su vida a educar, a ser faros de conocimiento y guías morales para nuestros niños y jóvenes, que deban enfrentarse a un calvario cada vez que necesitan una atención médica? Poniendo en riesgo sus vidas, inclusive, por estar en zonas de difícil acceso, o en condiciones extremas por el clima, la geografía, etc.

 Los comentarios en voz muy baja me los repiten con cierta frecuencia, dolorosa y llena de frustración y decepción; porque después de cotizar puntualmente, los profesores se mantienen esperando meses, incluso años, por una cita con un especialista.

Estos diagnósticos tardíos que convierten enfermedades tratables en padecimientos crónicos o terminales; medicamentos esenciales que escasean como el oro; y procedimientos quirúrgicos vitales que se posponen indefinidamente, condenando a los docentes a una agonía prolongada o, en el peor de los casos, a una muerte evitable. No hay derecho para tal sufrimiento.

 Dónde están los convenios de la OIT, vulnerados por el Estado. Hoy les da no sé si miedo o vergüenza presentar una acción de tutela por la decepción; pero hay que sobreponerse a todas estas dificultades porque la salud es primero, la dignidad y errar es de humanos.

El sistema de salud para los docentes, manejado a través del Fondo Nacional de Prestaciones Sociales del Magisterio (Fomag) y operado por la Fiduprevisora, sistemáticamente se ha tornado en un ciclo interminable de contratos que fracasan y fracasan.  Cada nueva licitación, cada cambio de operador, es un nuevo trauma.

Es como si una amnesia colectiva borrara las historias clínicas, se desmantelaran las redes de atención y se obligara a los maestros a empezar de cero en la odisea de acceder a un servicio básico.  La continuidad en el tratamiento, un pilar fundamental de cualquier sistema de salud digno, es el sueño para el magisterio colombiano.

¿Es que acaso la vida de un docente tiene menos valor que los intereses económicos de un contrato mal diseñado?  ¿Acaso su dignidad profesional no merece un sistema de salud de calidad?  Recuerden, los profesores aportan al sistema de seguridad social en salud con sus contribuciones, que son deducidas mes a mes de su nómina.

El vivir con miedo exacerba sus dolencias y padecimientos.  La incertidumbre constante sobre la atención médica, el estrés de tener que luchar por un derecho fundamental, la angustia de ver a un familiar enfermo sin recibir la atención adecuada; todo esto se suma a las cargas laborales propias de la docencia, deteriorando aún más la salud mental y física de los maestros.

 Hoy es el pan de cada día, provocando alteraciones en su psiquis la enfermedad mental; será el reto del próximo gobierno y esto no es una exageración: afirmar que el sistema actual, en lugar de ser un soporte, se ha convertido en una fuente de enfermedad y sufrimiento para miles de familias.

 Ya viene siendo hora de menos carreta y más decisión.  No es posible prometer a estas alturas del partido; toca reparar el rumbo con acciones contundentes que permitan mejorar la prestación de los servicios de salud.  Y evitar que más vidas se pierdan en el laberinto de la ineficiencia y de la incompetencia.

Si realmente quisieran corregir el sistema, no estarían repartiéndose la rapiña y se debería romper ese círculo vicioso de las licitaciones fallidas.  El modelo actual, que privilegia la rotación de operadores cierto tiempo.

Está demostrado que esto es un desastre.  Sí existen instituciones médicas de reconocida trayectoria en su óptima prestación de servicios; ¿por qué y para qué dejar en cabeza del Estado (Fomag y Fiduprevisora) la atención si está demostrado que el Estado es incapaz de hacer las cosas bien? Esta es una de las razones de la tendencia a privatizar, por razones de eficiencia, productividad, rentabilidad y buena prestación.

No andar con consorcios improvisados que causan a los docentes un daño terrible en su atención.  La prioridad necesariamente debe ser la calidad del servicio y la continuidad asistencial, no la maximización de la rentabilidad a corto plazo.

¿Dónde se encuentra la transparencia en estos procesos? Y no observo a las veedurías ciudadanas, rasgándose las vestiduras sobre los mismos males que aquejan a todos los colombianos.  Y recordemos que lo turbio en los procesos de contratación ha sido un caldo de cultivo para la corrupción y la ineficiencia en la atención de los servicios médicos.  Realmente, se hace necesario buscar mecanismos de transparencia más efectivos en cada etapa de la contratación y ejecución de los servicios de salud.

 Esto implica no solo la publicación de documentos, sino la creación de una veeduría robusta, con poder de fiscalización y sanción, integrada por representantes del magisterio (no sindicalistas, sino voceros de los enfermos y de los pacientes; recuerden que aquí hay pensionados), organizaciones de la sociedad civil, expertos en salud pública y organismos de control independientes.  Cada peso invertido debe ser rastreable y su impacto en la calidad de la atención debe ser verificable.

Para terminar de fregar a los profesores, la información médica de los docentes, es decir, las historias clínicas, se pierda o sea traspapelada cada vez que hay un nuevo proveedor en la prestación de los servicios médicos.  Se necesita con extrema urgencia una plataforma digital única, centralizada y segura para las historias clínicas, que la vigile la Superintendencia de Salud. Esta plataforma debe garantizar la portabilidad de la información, la accesibilidad en tiempo real para los profesionales de la salud y la continuidad en el seguimiento de los tratamientos.  Esto no solo mejoraría la calidad de la atención, sino que evitaría duplicidad de exámenes, diagnósticos tardíos y errores médicos derivados de la falta de información completa; podríamos ver reflejado un ahorro de dinero al sistema General de Seguridad Social en Salud.

Respetuosamente y como otro punto para generar acciones de mejora, es necesario construir una red de prestadores estables, permanentes y con calidad; no circunstanciales o de garaje. Los docentes no pueden esperar; los armo todos, aparecen cada vez que se arma un contrato.  Existe la necesidad de planear una red de clínicas, hospitales y centros de atención primaria de alta calidad, con convenios a largo plazo que garanticen la disponibilidad de especialistas, la infraestructura necesaria y los equipos médicos adecuados y actualizados.  Esta red debe tener cobertura nacional robusta, asegurando que los docentes, sin importar su ubicación geográfica, tengan acceso a una atención digna.

Para concluir estas líneas, observo que un sinnúmero de problemas de salud del magisterio se agravan por la falta de una atención primaria en salud efectiva y un enfoque preventivo.  Este último es el que permite bajar los costos al sistema, porque si prevenimos las enfermedades, evitamos tratamientos largos, tediosos y costosos. Se debe invertir masivamente en medicina preventiva, programas de promoción de la salud y equipos multidisciplinarios (médicos generales, enfermeras, psicólogos, nutricionistas) cercanos a las comunidades educativas.  Un sistema que privilegia la prevención y la detección temprana no solo mejora la calidad de vida de los docentes, sino que reduce la carga sobre los servicios de alta complejidad y, a largo plazo, resulta más eficiente.

No en vano la Constitución Política de Colombia de 1991 garantiza la vida, la salud, la dignidad humana; pero hoy estos conceptos, en los maestros colombianos, no son tenidos en cuenta; no es posible que sean tratados como una mercancía o una oportunidad de negocio para enriquecer a unos pocos.  Es hora de que todos los colombianos, el gobierno y el magisterio se unan para exigir y construir un sistema de salud que honre la invaluable labor de quienes forman, educan y civilizan a los habitantes de esta nación.  Seamos no solo agradecidos, sino conscientes de la importancia de los maestros para las futuras generaciones.

 

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