Fe católica y ciencia médica: El milagro en la salud de Miguel Uribe Turbay

Con un violento pasado, nuestro país sigue repitiendo la misma historia. Atentados, víctimas nuevamente, ahora por razones que desconocemos. Están atentando contra la fuerza pública. Seguimos en la patria boba. Continúa la inestabilidad política, sigue la guerra. Continúan los conflictos internos, por razones que no solamente son políticas.

Hoy, repetimos los mismos momentos del narcotráfico de Escobar. Ya viene siendo el momento de hacer un pare.

Debemos sentarnos a hablar, escucharnos. Debemos dejar la polarización. Todo el mundo se ofende por todo y, peor aún, este momento de crispación que tenemos los colombianos nos está llevando a la autodestrucción y lo más complejo es que vamos a terminar graduando a nuestros jóvenes y niños con unos altos niveles de rabia, resentimiento y más violencia. Estamos contaminando a esta nueva generación con más violencia y con un futuro poco prometedor.

Esta columna la escribo con un profundo dolor de patria. No entiendo cómo se atenta contra la vida de un joven senador, que está en todo el derecho, no solo de representar a un sector de la ciudadanía, sino de expresar sus ideas de manera libre.

Pensé que ya nos habíamos liberado de las cadenas y éramos libres, pero hoy me convenzo de que nos estamos devolviendo en el tiempo. Estamos en un momento de descomposición social, cuando escogen a un menor de edad para atentar contra la vida de Miguel Uribe Turbay. Esto, además de no tener sentido, no tiene perdón.

Lo único que nos permitirá sobreponernos de este espiral de violencia, tendrá que ser el Amor de Dios. El poder hablar, escuchar, tolerarnos y sobre todo respetarnos. Nos hará entender que somos hermanos.

Para los que creemos en Dios, esta dura batalla que atraviesa no solo Miguel Uribe, sino su familia, el riesgo permanente de conservar la salud y la amenaza latente de la vida. Nos muestra la fragilidad del ser humano y el amor de nuestro Dios.

Muchas personas de manera solidaria envían la mejor energía, sus buenas intenciones para restaurar la salud del joven senador, después del atentado sicarial. Pero existen muchos que se preguntan: ¿tiene sentido orar cuando hay médicos? ¿Debemos confiar en la ciencia o en Dios? Estas preguntas se las han realizado muchas personas desde tiempos inmemoriales, pero tras este hecho atroz, siguen las sombras y los temores en nuestra ciudadanía cada vez más secularizada, donde se tiende a contraponer la fe religiosa y el conocimiento científico.

Sin embargo, una mirada más profunda nos revela que la fe católica y la ciencia médica no solo pueden coexistir, sino que han colaborado toda la vida en la misión más noble de todas: preservar y restaurar la salud y la vida humana.

No me sorprende el Doctor Fernando Hakim, neurocirujano que atiende al senador Uribe Turbay, cuando dice que en su hogar “aprendió que la medicina no es solo ciencia: es entrega, es vocación y nunca hay que perder la fe, porque en ella está la verdadera fuerza”.

Vemos esta amalgama tan perfecta; fe católica y la medicina operan desde espacios y momentos diferentes.

La medicina estudia, analiza, observa el cuerpo humano desde la lógica de lo comprobable, lo biológico, fisiológico, lo bioquímico, etc., lo tratable. Su mirada es crítica, empírica y constantemente discutible y analizable.

En cambio, la fe católica observa al ser humano desde su dimensión espiritual, afectiva y trascendente. Este milagro que hoy se manifiesta en la humanidad de Uribe Turbay, desafía a la ciencia inclusive. Esa es la fe, no hay como explicarla, simplemente sucede por la magnificencia y voluntad del Altísimo.

Pero ambas —la ciencia médica y la fe católica— se encuentran en el dolor humano. Ambas responden a la fragilidad de la vida. Ambas se preocupan por el sufrimiento del otro. Y ambas, desde sus respectivos lenguajes, intentan restaurar la dignidad de quien ha sido golpeado por la enfermedad.

Como la naturaleza humana es vivir todo el tiempo cuestionado, desafiando el poder de Dios, algunas personas insisten en presentarlas como opuestas; la historia demuestra lo contrario. La Iglesia Católica ha sido uno de los motores principales del desarrollo médico en Occidente. La razón es muy simple: desde los primeros hospitales en la Edad Media hasta las modernas universidades con origen eclesiástico, muchas instituciones de salud nacieron al amparo de la fe.

Congregaciones religiosas como los Hermanos de San Juan de Dios, las Hermanas de la Caridad o los jesuitas han dedicado siglos a la atención de enfermos, la investigación y la formación de profesionales de la salud.

Incluso muchos avances científicos han sido protagonizados por creyentes, tales como Louis Pasteur, pionero en microbiología, Georges Lemaitre médico católico, hoy en proceso de beatificación Gran genetista; Gregor Mendel, sacerdote católico, padre de la genética, formuló las leyes de Mendel sobre la transmisión de la herencia genética; Alexander Fleming descubridor de la penicilina; Santiago Ramón y Cajal, medico español, católico, nobel de medicina experto en el sistema nervioso; Alexis Carrel, Médico francés, Nobel de medicina por su trabajo en sutura vascular y trasplante de vasos sanguíneos de los órganos; José Gregorio Hernández, medico venezolano, en proceso de beatificación, impulsor de la docencia científica científica en su país; entre otros mucho más.

Lo que podemos ver es que existe en la historia muchas más acciones de cooperación que de conflicto.

Las aparentes tensiones (como las que se suelen citar con Galileo o temas como la eutanasia o el aborto) no son confrontaciones con la ciencia en sí, sino con la ética de sus aplicaciones. El problema no es la medicina, sino los fines que en algunas oportunidades persigue el ser humano.

Tal y como lo describió en su momento el filósofo inglés Thomas Hobbes, en su alocución muy conocida “Homo Homini Lupus”. Significando que la naturaleza del ser humano puede llegar a ser muy cruel y dañina entre sí, manifestándose como los lobos que se atacan entre sí. Exponiendo nuestra naturaleza como egoísta y destructiva; explicada hábilmente en su teoría, el “estado de naturaleza”, en donde el hombre se caracteriza por vivir en una guerra de todos contra todos, con el propósito de proteger única y exclusivamente sus propios intereses incluso, en detrimento de los demás.

Será posible, algún día, ojalá no muy lejano, reconocer el papel positivo que puede tener la espiritualidad en el proceso de sanación.

Está documentado que la fe, la oración, el sentido de trascendencia y el apoyo espiritual ayudan a los pacientes a afrontar mejor las enfermedades, reducen la ansiedad y la depresión, e incluso influyen en la percepción del dolor.

Desde la medicina psicosomática hasta el estudio del efecto placebo, está cada vez más claro que el cuerpo humano no se cura solo con químicos: necesita también motivación, acompañamiento emocional y esperanza.

Esta última, que no me resisto ni me resistiré a perder nunca, porque eso es lo que nos mantiene en pie a pesar de todas las dificultades que padecemos como sociedad. Por esta razón, la fe tiene un espacio no solo en nuestro corazón, sino en nuestros pensamientos, y el elevar oraciones a nuestro Dios es la forma más sensata de conseguir la fuerza para luchar contra las adversidades.

Creer en Dios no implica rechazar al médico, sino abrazar con mayor profundidad la vida que se quiere salvar y en sus manos, con su conocimiento y experticia, se manifiesta la presencia de quien no solo nos ama incondicionalmente, sino de quien nos cuida, porque somos sus hijos, somos su obra, su creación.

Este milagro sucedido en la humanidad del senador Uribe Turbay, quien, estando al límite, se viene lenta y progresivamente recuperando de forma inesperada, surge la clásica pregunta: ¿fue un milagro o una casualidad médica? ¿Debemos agradecer a Dios o al equipo de cirujanos? Este tipo de dilemas, aunque comprensibles, parten de un falso antagonismo.

El pensamiento católico no sostiene que la fe excluya la medicina. De hecho, en los evangelios, Jesús cura con gestos físicos —toca, unge, impone manos—, lo cual ya es un signo de que lo corporal y lo espiritual no están divorciados.

Cuando nosotros, los católicos, agradecemos a Dios por una recuperación médica, no estamos negando la ciencia. Todo lo contrario, estamos afirmando que, detrás de cada técnica, hay un don, una vocación, un verdadero compromiso con todos los profesionales que intervienen en el manejo y cuidado del paciente; que muchos podrán interpretar como la manifestación del poder divino.

En otras palabras: lo que para el médico es éxito clínico, para el creyente es también respuesta a una oración con fe.

No se trata de superstición, sino de lecturas distintas —pero no excluyentes— del mismo hecho.

Este milagro del joven Miguel Uribe, en donde sabemos que los médicos desde su experticia reconocen no solo la complejidad del asunto, sino las posibilidades. Es aquí donde muchos creyentes confiamos y sabemos del valor de la fe. La medicina puede aliviar el cuerpo, pero no siempre puede calmar el alma. La ciencia puede prolongar la vida, pero no necesariamente darle sentido.

Nuestra fe católica ofrece lo que ninguna fórmula médica puede brindar: una esperanza más allá del sufrimiento del padecimiento presentado, una confianza que no depende del pronóstico.

Porque creen ustedes, queridos lectores, que, en hospitales y clínicas de todo el mundo, existen las capillas, los sacerdotes, oraciones y sacramentos. Esto no es mera casualidad; la fe alienta, aviva, restablece, como está sucediendo con Miguel Uribe.

Desconocer la ciencia es irresponsable. Negar la fe es reducir al ser humano a pura biología. Ambas actitudes son peligrosas. Lo humano necesita razón y espíritu, evidencia, esperanza y amor.

Por eso, cuando el Dr. Hakim y todos los médicos oran antes de una cirugía, o cuando un paciente reza mientras será intervenido quirúrgicamente o lo hace su familia, no hay contradicción.

Se ve la más sencilla manifestación de Dios; se conjuga la gran alianza que trabaja en silencio haciendo posible lo imposible.

Fuerza Miguel Uribe. Dios está contigo.

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