Desde lo alto del cerro La Pollita, se observa cómo la ciudad–aldea se despierta con el bullicio típico de Sincelejo. Las motos zumban como abejas africanas por calles agrietadas, esquivando vendedores ambulantes, carros mal parqueados y un caos que parece haberse institucionalizado hace tiempo. Un profesor universitario contempla la escena desde la sombra, pero no parece afectarle. ¿Costumbre? ¿Resignación?
Cultura ciudadana. Dos palabras que suenan bien en discursos politiqueros, que adornan carteles de campañas pasajeras y que algunos repiten como eco sin comprender su verdadero significado. Pero en la práctica —en los semáforos ignorados, en las esquinas convertidas en basureros, en los lotes baldíos cubiertos de residuos— esa cultura sigue pareciendo un lujo o una promesa rota.
La capital del departamento ha crecido, eso nadie lo niega. Pero el desarrollo es desigual: no hay nuevas avenidas, apenas dos centros comerciales, unos cuantos parques barriales y una juventud universitaria que aún no logra expresarse con fuerza ni articular su liderazgo ciudadano.
Lo que sí parece permanecer es una especie de “todo vale” que atraviesa la vida urbana. Se manifiesta en quien se cuela en la fila del banco, en quien lanza el chicle al andén, en quien pone música a todo volumen a las tres de la mañana sin importar el vecindario.
—Es que aquí nadie respeta nada —dice un exgobernador—. “Uno trata de hacer las cosas bien… pero también se cansa”.
Aun así, hay brotes de esperanza. Un grupo de jóvenes decidió organizar una campaña para promover la cultura ciudadana a través del arte. Con tarros de pintura donados y más voluntad que recursos, llenaron de color una calle olvidada. No buscaban premios, solo querían que alguien los mirara y entendiera que el cambio es posible.
Ahí está la paradoja: en medio del caos, hay ciudadanos que resisten. Que recogen la basura aunque no sea suya, que explican al vecino por qué debe respetar los semáforos, que enseñan a sus hijos a saludar y a pedir permiso. Gestos pequeños, sí, pero más poderosos que cualquier eslogan institucional.
Quizás el verdadero problema es que confundimos cultura ciudadana con normas escritas, cuando en realidad se trata de valores compartidos, de una ética colectiva que no necesita policías ni cámaras para funcionar. Comienza en casa, se cultiva en la calle y se fortalece en las instituciones educativas.
Sincelejo no necesita un milagro. Necesita que cada quien haga lo que le corresponde como buen ciudadano. Que los líderes abandonen los discursos repetidos y den ejemplo. Que los jóvenes no se cansen de insistir. Que entendamos que no se trata solo de cumplir reglas, sino de asumir quiénes somos como comunidad.
Porque, al final, la aldea es el reflejo de quienes la habitan. Y mientras no cambiemos todos, la cultura ciudadana seguirá siendo solo eso: una frase bonita, esperando en la esquina.