En los corrillos políticos, en las tertulias de café y en las conversaciones espontáneas de la gente del común, empieza a tomar fuerza un nombre que muchos ven como protagonista del próximo escenario electoral: Abelardo de la Espriella. Para sus seguidores, el llamado “Tigre” representa la posibilidad de un liderazgo fuerte en un momento en que consideran que el país atraviesa una de sus etapas más críticas en materia de seguridad, institucionalidad y gobernabilidad.
Según ese ambiente que se percibe en la calle —más allá de las encuestas formales— algunos sectores hablan incluso de una eventual votación que podría superar los 15 millones de votos en primera vuelta si el fenómeno logra consolidarse. Son cálculos informales, percepciones ciudadanas y lecturas políticas que se escuchan con frecuencia en distintos espacios de discusión.
En ese mismo escenario aparece el nombre de Paloma Valencia, quien recientemente despertó entusiasmo dentro del Centro Democrático al obtener una votación importante en su consulta interna. Para muchos analistas y simpatizantes del partido, ese resultado sirvió para demostrar que la colectividad aún conserva estructura política y capacidad de movilización electoral.
De hecho, algunos sectores interpretan esa votación como una señal política relevante: el Centro Democrático sigue teniendo peso en el escenario nacional. En medio de ese análisis también surge una idea que se repite en varios debates políticos: el liderazgo histórico de Álvaro Uribe Vélez dentro del partido es indiscutible, pero muchos consideran que los votos pertenecen finalmente a los ciudadanos y no a los dirigentes.
Bajo esa lógica política, quienes promueven la candidatura de De la Espriella plantean un escenario electoral en el que podría arrancar la contienda con un importante capital político. Según esa lectura, los votos obtenidos por Paloma Valencia en la consulta representarían una base cercana a cinco millones de electores, que eventualmente podrían confluir en un proyecto político más amplio dentro del mismo sector ideológico.
A ese caudal se sumarían, según los cálculos que circulan en distintos espacios políticos, los apoyos propios que podría reunir el abogado barranquillero en una campaña presidencial. En esos escenarios hipotéticos, algunos de sus seguidores hablan de una fuerza electoral que podría ubicarse entre 15 y 16 millones de votos, una cifra que, de alcanzarse, sería suficiente para definir con claridad el resultado electoral.
En ese contexto también aparece el nombre de Iván Cepeda Castro, una de las figuras visibles de la izquierda. Sus críticos sostienen que sus propuestas no han logrado convencer a amplios sectores del electorado y que representan una continuidad del proyecto político que hoy lidera el presidente Gustavo Petro.
Algunos opositores incluso comparan esa visión política con modelos ideológicos impulsados en América Latina por líderes como Hugo Chávez, señalando que ese tipo de proyectos han generado profundas divisiones en las sociedades donde se han implementado.
En los debates ciudadanos también se repite una frase que sintetiza la crítica de estos sectores: “la política se hace haciendo, no diciendo”. Para quienes sostienen esa postura, muchos colombianos se sienten cansados del populismo, de los discursos extensos y de lo que consideran promesas incumplidas. En ese contexto, otra expresión se ha vuelto recurrente en el debate público: “el dato mata relato”, como una forma de afirmar que los resultados concretos pesan más que las narrativas políticas.
Volviendo al fenómeno que rodea a Abelardo de la Espriella, sus seguidores destacan su perfil jurídico y su discurso frontal frente a temas como la corrupción, el narcotráfico y la criminalidad. Señalan que su experiencia en el campo penal y administrativo podría traducirse en un enfoque de gobierno centrado en el orden institucional, la seguridad y la recuperación de la autoridad del Estado.
En ese contexto, algunos simpatizantes comparan el momento político actual con el que vivió Colombia a comienzos de este siglo, cuando Álvaro Uribe Vélez llegó a la Presidencia en 2002 impulsado por un fuerte respaldo ciudadano que exigía autoridad y seguridad frente a la violencia que vivía el país.
Para quienes hacen esa comparación, el fenómeno alrededor de De la Espriella recuerda el fervor ciudadano que acompañó el ascenso político de Uribe. Sus seguidores consideran que ambos comparten una visión de defensa de la institucionalidad, la democracia y la seguridad como pilares fundamentales del Estado.
Los defensores de esa tesis también recuerdan que la Jurisdicción Especial para la Paz ha señalado en distintos análisis judiciales que el Escándalo de los falsos positivos en Colombia no fue una política oficial del gobierno de Uribe, sino actuaciones criminales cometidas por algunos miembros de la fuerza pública que terminaron siendo investigadas por la justicia.
El debate también se alimenta de la polarización política que vive Colombia bajo el actual gobierno. Sectores críticos consideran que el país ha sido demasiado permisivo con grupos armados ilegales y que se ha debilitado la autoridad frente a organizaciones como el ELN y las disidencias de las FARC.
En medio de ese clima político cargado de tensiones, el eventual ascenso electoral de figuras como Abelardo de la Espriella refleja algo más profundo: el cansancio de una parte del electorado con la política tradicional y la búsqueda de liderazgos que prometen cambios drásticos en la conducción del país.
Falta todavía camino para las próximas elecciones presidenciales. Pero si algo queda claro en las conversaciones de la calle, en los análisis políticos y en las redes sociales, es que el escenario electoral colombiano se está moviendo. Y en ese tablero político, el rugido del “Tigre” comienza a escucharse cada vez con más fuerza.