Lo mejor del triunfo de Abelardo De La Espriella y de su fórmula no es la auditoría que hoy ejerce sobre los recursos públicos; tampoco el empalme que, con estricta disciplina y organización, adelanta su equipo; mucho menos la evidente disposición de trabajo al servicio del país. Todo ello es importante y merece reconocimiento.
Sin embargo, el aspecto más relevante de la victoria del nuevo presidente de los colombianos radica en que una parte de la izquierda derrotada ha exteriorizado un profundo rechazo hacia los principios y valores que identifica con la tradición judeocristiana.
La denominada “Patria Milagro” comienza dejando al descubierto sentimientos de envidia, odio y resentimiento hacia los cristianos y hacia todo aquello que representa Dios. En este proceso, sus contradicciones han quedado expuestas.
Tras el anuncio de Jerome Sanabria como integrante de la comisión de empalme, diversos sectores del progresismo emprendieron una intensa campaña de descalificación para desprestigiar a una joven que trabaja y estudia dos carreras universitarias. Todo ello, impulsado por la envidia que caracteriza a los marxistas, a la izquierda.
De igual manera, la revelación del posible nombramiento de una mujer cristiana al frente del Ministerio de Educación puso de manifiesto una fuerte reacción de sectores progresistas, evidenciando su rechazo hacia la influencia pública del cristianismo. Esta postura encuentra sustento en la conocida afirmación de Karl Marx de que “la religión es el opio del pueblo” y en la experiencia de diversos regímenes comunistas que promovieron políticas de persecución religiosa.
El primer “milagro”, entonces, consiste en haber retirado la máscara del progresismo, dejando al descubierto una visión del mundo que se encuentra apartada de la cosmovisión bíblica y de los principios y valores contenidos en las Sagradas Escrituras. Su prioridad no sería la espiritualidad, sino la conquista y conservación del poder.
El progresismo constituye una filosofía política que difiere profundamente del cristianismo e, incluso, entra en conflicto con sus fundamentos. Por ello, asumirse simultáneamente como progresista y cristiano sería un auténtico oxímoron: una contradicción conceptual que revela un desconocimiento de lo que representa el progresismo o de lo que enseña el cristianismo.
Es pertinente entonces que los cristianos participen activamente en política, porque ya las relaciones de poder están inmersas en sus vidas. Así mismo, se hace necesario la intervención de cristiano en la batalla cultural que pretende defender los valores y principios cristianos, frente a filosofías perversas de izquierdas que repugnan la cristiandad.
Esto apenas comienza y el progresismo expuso sus cartas, atacará todo lo que defienda al individuo, a la familia y a la religión, para buscar la hegemonía del poder, el Estatismo y, de esa manera, reemplazar a Dios. Eso está claro, gracias al primer milagro que desnudó su envidia, resentimiento y odio hacia los cristianos.