“El Estado se convierte en un gran ficto del que todos esperan vivir… sin recordar que somos nosotros quienes lo sostenemos.”
Bastiat
Muchos supimos de ese famoso cuento del gallo capón por culpa o por fortuna de Gabriel García Márquez. Pero hay que decirlo sin miedo: ese cuento no salió de su imaginación, sino del ingenio callejero del Caribe. Es un invento nuestro, de esos que nacen en una hamaca, entre calor, sudor y conversación sin prisa.
En una crónica vieja leí que, en estas tierras, todo el mundo jugaba al cuento del gallo capón. El truco era sencillo: uno preguntaba “¿Quieres que te cuente el cuento del gallo capón?”, y cuando el otro asentía, se quedaba callado. Y si el curioso protestaba, venía la respuesta eterna: “No te he dicho que te calles, sino que si quieres que te cuente el cuento del gallo capón…”. Y así, hasta aburrirlo.
Un juego sin final, que desespera y que, entre chiste y chanza, nos retrata de cuerpo entero.
¿Por qué me acordé de este cuento?
Porque hace unos días leí, sin asombro, un informe del Ministerio de Industria y Comercio que pone en blanco y negro la realidad de Sucre: un 32,7 % de nuestro PIB depende de la administración pública y defensa. O sea, más del doble de la media nacional.
Visto por encima, parece un dato técnico. Visto de cerca, es una radiografía de por qué seguimos sentados escuchando un cuento que nunca se cuenta.
El PIB, para ponerlo en palabras simples, es la forma que tiene la economía de contarnos si hay plata circulando, si hay empleo, inversión, obras y, en últimas, si hay esperanza.
Cuando uno descubre que casi un tercio de lo que mueve a Sucre depende del Estado como patrón, entiende por qué aquí la política se parece tanto a ese juego: un narrador que decide cuándo habla, cuándo calla y cuándo promete contar algo que nunca contará.
Mucha gente en Sucre come gracias a un sueldo oficial, a un contrato de prestación de servicios, a una OPS que se renueva cada tres o seis meses. Eso sostiene la olla en miles de casas. Y como la política maneja esa llave, los contratos y los puestos se vuelven la ficha de cambio. No importa si uno cree o no cree en ese líder: toca sostenerlo ahí, porque de él depende el arroz diario.
Así se va tejiendo, sin darnos cuenta, un gallo capón eterno. La gente vota porque necesita trabajar, no porque crea que algo va a cambiar. El voto se volvió un salvavidas, no una elección libre. Y el narrador, el político, se aprovecha: sabe que, mientras la economía no tenga otro motor, puede controlar el juego a punta de contratos, auxilios y promesas.
El presupuesto público, que debería servir para sacar al departamento del atraso, termina convertido en combustible para redes clientelistas y, de paso, para negociados que casi siempre huelen mal. Ahí están, por ejemplo, Sucre Escucha o la vía El Portón – La Y de Los Arrastres, con hallazgos de la Contraloría que dejan clarito que no es invento.
El problema de fondo es que, cuando toda la economía gira en torno al Estado, la competencia se muere de aburrimiento.
El empresario privado prefiere no arriesgarse: ¿para qué invertir, si mejor es pelear un contrato? El joven profesional se pregunta para qué emprender, si puede vivir de un contrato público que se renueva con la bendición de algún padrino.
Así se nos va la vida, sentados, escuchando un cuento que jamás llega al final.
Yo quiero creer, quizá ingenuo, que en algún momento se rompe el hechizo. Que algún día la gente se levante de la silla, deje de esperar el cuento y decida contarse otro, uno donde la política no sea la única puerta a la prosperidad.
Tenemos todo para diversificar la economía: campo, agroindustria, turismo, gente capaz. Pero necesitamos soltar la silla y dejar de esperar lo que nunca llega.
Ojalá algún día recordemos que somos más que espectadores.