No comulgo con el partido del presidente Petro ni con su forma de gobernar. Lo digo, además, como economista, formada para leer las señales fiscales y macroeconómicas más allá del discurso. Gobernar no es solo tener buenas intenciones, sino actuar de manera consistente con el diagnóstico que se hace del paÃs. Y en esa coherencia, hoy, Gustavo Petro queda en deuda.
Durante años, Petro construyó su capital polÃtico como congresista denunciando, entre otras, la improvisación fiscal, el uso populista del gasto público y la irresponsabilidad macroeconómica de gobiernos que, según él, hipotecaban el futuro.
Sin embargo, ya en la recta final de su mandato, cuesta aún más reconocer a ese Petro en decisiones como decretar una emergencia económica por la caÃda de ingresos tras el fracaso de una reforma tributaria, mientras, al mismo tiempo, se derrocha dinero público de manera ineficiente por la vÃa de subsidios, se incrementa de forma significativa el salario mÃnimo y se asumen compromisos de gasto permanente sin una fuente clara y sostenible de financiación. No es un debate ideológico: es una mera contradicción técnica.
Si la situación económica es tan grave que amerita poderes extraordinarios, lo razonable serÃa priorizar, focalizar y contener. Pero el mensaje que se transmite es otro: se gobierna desde la excepción, no para ordenar, sino para ampliar.
El problema no es proteger a los más vulnerables, eso es necesario, sino hacerlo sin una senda fiscal clara, trasladando los costos al futuro, cuando, claramente, él ya no esté en su cargo y, seguramente, esté por fuera del paÃs. Algo similar ocurre con el salario mÃnimo, cuyo aumento en un contexto de bajo crecimiento y productividad, alta informalidad y presión sobre las pequeñas empresas, tiene efectos conocidos sobre el empleo formal y el gasto público. El Petro congresista lo advertÃa; el Petro presidente parece ignorarlo.
A esto se suman las promesas que se diluyen. Una de las más reiteradas fue la eliminación de los estratos socioeconómicos, un sistema imperfecto pero estructural en la polÃtica social del paÃs. Se habló de reemplazarlos por mecanismos más justos y técnicos; la idea sonaba transformadora. Hoy, cuando el gobierno se acerca a su cierre, no hay reforma, ni transición, ni modelo alternativo. Mucha demagogia, poco resultado.
Este vacÃo vuelve a evidenciarse con la incertidumbre alrededor de instrumentos estratégicos para la movilidad social, como los créditos-beca que otorga Colfuturo, lo que reabre el debate sobre las prioridades del gasto social y la ausencia de avances reales en la prometida eliminación de los estratos.
Son discursos que no se materializan y documentos que terminan engavetados. Lo digo también desde la experiencia personal y técnica: como economista, y durante mi paso por el DNP en la primera mitad de este gobierno, vi cómo muchas de las lecciones sobre sostenibilidad fiscal, gradualidad y coherencia entre diagnóstico y polÃtica pública se desmoronaban frente a decisiones improvisadas.
La ilusión de una transformación estructural estuvo presente, pero el avance fue mÃnimo; las ideas no se tradujeron en decisiones ni las decisiones en una polÃtica pública sólida.
El otro Petro no es el de izquierda o derecha. Es el Petro que exigÃa coherencia y hoy gobierna desde la contradicción; el que hablaba de largo plazo y actúa con lógica de corto; el que criticaba el uso polÃtico del gasto público y hoy lo convierte en práctica recurrente. Y esa incoherencia, más que una diferencia polÃtica, es una deuda con el paÃs.