El mito del Departamento Rehén: lo que Sucre puede y no quiere hacer

En mis primeros meses como estudiante de Derecho, me enamoré de un tema que siempre supe que estaría presente en mi vida.  Como todo amor de juventud, pronto quedó en el olvido, pero hace unos días volvió a mi mente.  Si mal no recuerdo, el profesor de turno lo presentó con el nombre de “Teoría de la argumentación”.

En este tema confluyen varias disciplinas y, a través de ellas, se analiza cómo se construyen, evalúan y cuestionan argumentos.  Lo que realmente encendió esa chispa de interés fue el estudio de las falacias: fue entonces cuando entendí que hay quienes dominan el arte de disfrazar realidades de formas insospechadas.

De esas falacias, hay una que hoy tiene una vigencia innegable ante la realidad que golpea a nuestro departamento: la falacia ad misericordiam, o apelación a la lástima.  Se usa para sustituir argumentos sólidos con apelaciones a los sentimientos y, en nuestro caso, a la compasión.

Es innegable la dependencia de Sucre de las transferencias del Gobierno Nacional.  No es un secreto que, como otros departamentos, ha sufrido recortes importantes en la asignación de recursos del Presupuesto General de la Nación.  Sin embargo, el camino no puede ser la resignación ni culpar exclusivamente a factores externos.

Me retumban en la cabeza preguntas que resultan apenas lógicas frente a nuestra realidad:

¿Por qué la administración departamental no fortalece su base productiva?

¿Por qué nunca se ha impulsado la agroindustria como pilar de la economía local?

¿Por qué no se ha diseñado una política que aproveche la ubicación estratégica del departamento?

¿Sería viable una zona franca en Sucre?

Qué fácil resulta desviar la atención del problema de fondo presentando al departamento como una tierra sin opciones y haciendo ver como inalcanzable cualquier mejora en su autonomía financiera.  El discurso del “pobre Sucre abandonado” no aporta a la solución real: urge adoptar medidas estructurales de sostenibilidad fiscal.

Asumir estas responsabilidades es difícil porque su implementación no deja réditos políticos inmediatos.  En cambio, uno de los efectos más visibles de apelar a la lástima es manipular emociones para justificar la ineficiencia y la corrupción.  Así, es más sencillo asegurar votos en las urnas.  Como departamento podemos hacerlo, pero ¿realmente es lo que la administración quiere? Como he sostenido en columnas anteriores, muchas veces lo más rentable políticamente es mantener las necesidades mínimamente satisfechas, pues eso exacerba la dependencia política para su satisfacción.

Lo más preocupante es que, mientras se alimenta esa narrativa de resignación, se pierden oportunidades valiosas para que la región crezca con lo que ya tiene: tierras fértiles, ubicación estratégica cerca de la costa caribe, recursos hídricos abundantes y una población joven que, bien formada, podría convertirse en fuerza laboral para nuevos sectores productivos. Pero nada de esto se activa sin decisiones valientes y sin voluntad de abandonar el clientelismo que convierte cada peso público en herramienta de control electoral.

El problema no es la falta de recursos, es la falta de decisión para hacer que esos recursos sean semillas de progreso y no limosnas de coyuntura.  No podemos seguir esperando que desde Bogotá se resuelvan todos nuestros problemas mientras aquí no hay ni siquiera planes serios para atraer inversión privada o abrir mercados para nuestros productos.  Nos hemos acostumbrado a ver la gestión pública como simple administración de giros, cuando deberíamos verla como palanca de desarrollo local.

El día que Sucre entienda que su dignidad fiscal no depende solo del SGP o de las regalías, sino de su capacidad de producir, transformar y recaudar, empezaremos a romper este mito del departamento rehén.  Mientras tanto, seguiremos escuchando discursos cargados de lágrimas y promesas, pero vacíos de resultados.

Como sucreño, creo que ya no es momento de romantizar culpas propias disfrazándolas de martirio.  Sucre necesita una gestión con soluciones reales; merecemos ser en verdad tierra de oportunidades.

 

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