El legado de Miguel Uribe Turbay

La política colombiana está marcada por episodios de metástasis.

Nos acostumbramos a un estilo en el que la clase dirigente entiende el arte de servir no como un compromiso con el pueblo, sino como un negocio.

En lugar de seguir los grandes ideales de mentes brillantes que inspiraron transformaciones, muchos líderes se conforman con promesas vacías y abrazos de campaña, olvidando el deber adquirido con la ciudadanía.

Cada día parece más lejano el tiempo de dirigentes como Jorge Eliécer Gaitán o Luis Carlos Galán, cuya voz fue apagada por la violencia, pero cuyo legado continúa brillando. Hoy, cuando el país más necesita líderes de esa talla, brillan por su ausencia.

En este contexto, se intenta presentar al senador Miguel Uribe Turbay como un mártir de la democracia. Como seres humanos, lamentamos su temprana partida; pero no debe confundirse el dolor con la construcción de un legado que, en los hechos, resulta intangible.

Quienes hoy lo exaltan buscan capitalizar políticamente su muerte, incluso promoviendo a su esposa, Claudia Tarazona, y a su padre, Miguel Uribe Londoño, como posibles presidenciables.

Conviene preguntarse: ¿cuál fue realmente el legado de Miguel Uribe Turbay? En el Congreso no se le vio liderar debates que favorecieran a las comunidades.

Al contrario, recuerdo cómo celebró ante las cámaras el hundimiento de la reforma laboral que buscaba devolver derechos arrebatados a los trabajadores desde el gobierno de Álvaro Uribe Vélez. Mientras el pueblo sentía rabia y frustración, él lo vivió como una victoria política.

Colombia no puede repetir la historia de heredar banderas sin mérito, como ocurrió cuando Juan Manuel Galán entregó la de su padre a César Gaviria. Ese modelo de sucesión simbólica nos ancla al pasado y nos condena a retrocesos.

El país necesita líderes genuinos, no dinastías políticas que se amparen en el dolor o en el apellido.

Lamentamos la muerte de Miguel Uribe Turbay, pero no podemos confundir la tristeza con la construcción de un liderazgo que nunca se consolidó.

Que Dios salve a Colombia y despierte al pueblo, para que no se deje atropellar por quienes lo miran con aires de superioridad.

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