Dicen que los colombianos tenemos cerebro de pollo y que nuestra indignación funciona como un interruptor que solo se enciende dependiendo de quién esté al otro lado de la habitación.
Llevamos años asistiendo a una obra de teatro tragicómica donde el fanatismo nos ha robado el sentido común. Y al ver cómo se baja el telón del autodenominado “Gobierno del Cambio”, resulta imposible no reírse —por no llorar— ante uno de los fenómenos psiquiátricos y sociológicos más fascinantes de nuestra política reciente: la obsesión febril, casi erótica, que l@s petrism@s desarrollaron por Abelardo de la Espriella, utilizada como un engaña bobos para no tener que mirar los 114 escándalos de corrupción que terminaron por sepultar a este atorrante de Gustavo Petro.
Sostengo que para la militancia progresista, el Nuevo presidente se convirtió en el villano perfecto.
De la Espriella, es todo lo que la izquierda romántica detesta; si esos que se reúnen en los cafetines de chapinero. Ellos critican todo el tiempo, pero, en el fondo, no puede dejar de mirar. Es un tipo estridente, que no pide perdón por hacer plata, que canta ópera, vallenato, salsa, a todo pulmón, saca su propio vino, diseña su propia ropa y exhibe sin pudor sus trajes napolitanos.
Representa la antítesis exacta de ese romanticismo de la pobreza que tanto le fascina predicar a quienes nunca han pasado hambre. Para el activista promedio, verle un reloj de lujo en la muñeca a De la Espriella era un insulto personal, una afrenta a la lucha de clases, el símbolo supremo de esa «oligarquía» imaginaria contra la que juraron pelear desde sus iPhones 18 pro max de última generación.
Así vimos a diario cómo las redes sociales, las bodegas (pagas por nosotros los contribuyentes) y los tribunos de la superioridad moral gastaban horas, días y megas de internet escudriñando cada palabra, cada video musical y cada corbata del abogado. Lo crucificaban en plaza pública virtual con una furia implacable. Se rasgaban las vestiduras con una indignación sonora, constante y absoluta.
Pero aquí es donde el dato mata al relato y se nos congela la sonrisa. Mientras el batallón de la moralidad pública gastaba su energía criticando la excentricidad de un abogado privado que se gasta su propia plata como se le da la gana, a sus espaldas, en las mismísimas narices del progresismo, se orquestaba uno de los saqueos más cínicos del erario en la historia reciente de Colombia.
Hablemos de los elefantes en la sala. Ciento catorce. 114 escándalos de corrupción que hicieron ver a los políticos tradicionales como simples ladrones de gallinas. No estamos hablando de «persecuciones mediáticas» ni de «golpes blandos» —esa excusa barata y gastada con la que el presidente saliente intentó tapar el sol con un dedo—. Hablamos de casos judicializados, de plata en efectivo en maletines oscuros, de niñeras en polígrafos subterráneos, de ministerios convertidos en agencias de empleo para tuiteros sin más mérito que saber insultar a diestra y siniestra que no pensara como esta horda .
Resulta de una ironía poética y asquerosa que los mismos que exigían pureza absoluta terminaran nadando en el mismo lodo que antes señalaban con asco. Vimos a los defensores de los pobres comprando carrotanques que no llevaban ni una gota de agua a La Guajira, pero que sí inundaron de billetes los bolsillos de unos cuantos avivatos, ropajes de marca, relojes finos, propiedades, incrementos en sus patrimonios, como le gusta a la izquierda, el pueblo comiendo m…., pero ellos vieindo como ricos, que bello y sabroso.
Vimos campañas bajo la sombra de dineros que hicieron ver al Proceso 8000 como un juego de niños. Vimos cómo el mérito se fue a la mierda para poner de embajadores a amigos del alma, en su mayoría sin preparación, mientras el país se hacía trizas.
¿Y qué pasó con la indignación? ¿Dónde estaban los cacerolazos del petrismo cuando los escándalos le reventaron en la cara al círculo más íntimo del presidente, incluyendo a su propia sangre? Silencio. Un silencio cobarde y cómplice.
La gimnasia mental del fanático es digna de estudio. Cuando a un líder de izquierda lo pillan con las manos en la masa, el seguidor ciego no ve un delito: ve una conspiración intergaláctica de la extrema derecha, aliada con el cambio climático y el sionismo internacional, imbéciles.
Es francamente alucinante ver cómo el mismo ciudadano que te arma un hilo de cincuenta trinos analizando la ética detrás del yate de De la Espriella, de repente sufre de amnesia selectiva y cataratas irreversibles cuando un ministro del «Cambio» se roba miles de millones de pesos destinados a las víctimas o a la salud.
«Es que por lo menos ahora roban para el pueblo», se atrevieron a balbucear algunos, intentando tragarse el sapo sin masticar. Pero el pueblo, el de a pie, el que no está atornillado a un contrato de prestación de servicios por aplaudir al gobierno en Twitter, siguió esperando. Siguió pagando la inflación, sufriendo la inseguridad desbordada y viendo cómo los grupos armados recuperaban el país mientras el presidente tuiteaba sobre Gaza.
Esa es la verdadera tragedia, y la sátira más cruel de nuestro tiempo: el gobierno del Intocable Petr@ no pasará a la historia como el mandato que rompió las cadenas de la desigualdad. Pasará como el gobierno que democratizó la corrupción, llevándola a unos niveles de cinismo y descaro nunca antes vistos, todo mientras el líder se envolvía en una bufanda y se ondeaban las banderas de la salvación planetaria.
Este personaje no fue un presidente; fue un tuitero en jefe. Un estadista de pacotilla. Un mesías de barrio que quería dar discursos de dos horas sobre la descarbonización del universo antes que llegar a tiempo a una miserable reunión de seguridad nacional o llevar soluciones a los territorios.
Sus ausencias crónicas, sus llegadas tarde, sus enfermedades misteriosas y su agenda fantasma no eran otra cosa que una falta de respeto profunda por el país. Era el ilusionista perfecto: con una mano apuntaba al cielo para advertirnos sobre el fin de la humanidad, y con la otra dejaba la caja fuerte abierta para que sus amigos hicieran la fiesta.
Este intocable construyó durante toda su vida un relato donde él era la víctima perpetua y absoluta. Po supuesto los 4 años de su desgobierno no podía ser la excepción. Si la economía se iba a pique, era culpa del Banco de la República o de las tasas de interés gringas. Si no le aprobaban sus reformas mal redactadas, era culpa de la rancia oligarquía de este país. Si sus propios funcionarios robaban a manos llenas, era porque el perverso sistema capitalista los había corrompido de repente.
Jamás hubo nadie que osara en criticar a este megalómano. Jamás escuche decir a este caligula un «me equivoqué», eso afectaba su condición de dios viviente. La soberbia infinita de este mandatario le impidió ver que el peor enemigo de su proyecto político no era la prensa, ni los empresarios, ni un abogado, ni los uribistas; el peor enemigo de su gobierno fue su propia incapacidad para bajarse de la nube y administrar la realidad cruda y dura de Colombia.
Mientras el Intocable Petr@ filosofaba sobre el virus del capital, los 114 escándalos se apilaban como basura hedionda bajo las alfombras de la Casa de Nariño. Escándalos en infraestructura, en la Unidad de Gestión del Riesgo, en paz, en minas, en salud. Cada ministerio operaba con la certeza de que, si gritaban lo suficientemente fuerte contra «las élites» en los micrófonos, nadie les iba a revisar las cuentas ni los contratos amañados.
Por eso volvemos al principio. Para el rebaño, es muchísimo más fácil odiar a Abelardo de la Espriella. Odiar a De la Espriella es un deporte cómodo, terapéutico. No exige cuestionar las propias convicciones; al revés, las reafirma. Les permite sentirse moralmente superiores, iluminados, los dueños de la ética. Criticar los 114 escándalos de su líder supremo, por el contrario, exige un acto de valentía intelectual del que la secta carece por completo.
Implica admitir que los usaron de idiotas útiles. Implica aceptar que el mesías que prometió sacar a los mercaderes del templo terminó vendiéndoles franquicias adentro. Implica mirarse al espejo y reconocer que la tan anhelada superioridad moral era solo un eslogan de campaña para atrapar a unos pobres idiotas.
De ahí que el progresismo prefiriera lanzar dardos venenosos sobre este gobierno que arranca y le tienen terror a las auditorías forenses para que se revisen hasta el fondo las cuentas de sus cómplices y la ellos mismos. La ceguera selectiva fue el único analgésico que encontraron para no tener que lidiar con el dolor de su propio fracaso histórico. Tanto tiempo luchando para cambiar y resultar peor que los que por décadas habían gobernado, eso tiene que ser muy duro.
Al final del día, cuando los historiadores miren hacia atrás y documenten este periodo oscuro de la política colombiana, les aseguro que a nadie le va a importar qué marca de zapatos usaba Abelardo de la Espriella. Lo que va a quedar escrito en los expedientes de la Fiscalía, en los fallos de la Justicia, representados en las condenas y por supuesto lo que nos espera el 2027, esto es el gigantesco agujero fiscal, en las instituciones dinamitadas y en la decepción de millones de borregos, serán los 114 clavos en el ataúd de un gobierno que llegó prometiéndonos el paraíso y nos entregó un infierno de inoperancia, incompetencia y de excesos, manchado por el robo descarado y liderado por un hombre cuya única constante fue su mala conducta, su indolencia, su inagotable soberbia y arrogancia.
Ya va siendo hora de que Colombia despierte de esta infantilización crónica. Juzgar a un gobierno no se trata de qué tan poético habla su líder, ni de qué tan mal nos cae el abogado de la orilla del frente. Se trata de instituciones, de presupuestos, de obras, de ética demostrable.
Y mientras nosotros seguíamos distraídos peleando por el sastre de una persona en redes sociales, los arquitectos del “cambio” nos desocuparon la casa, avalados por el silencio cómplice de un fanatismo que prefirió taparse los ojos antes que tragarse su propio orgullo. Por eso como decía Carlos Saúl Menem; “cuando alguien en tu mesa te venga hablar de moral y de ética, cuando vaya revisa que los cubiertos estén completos”