El gabinete sin cabezas.

Cual historia de terror macondiana, un gabinete sin cabezas salió galopando de la Casa de Nariño cuando el presidente Petro asumió el rol de verdugo progresista y pasó la guillotina por el cuello de su consejo de ministros uno a uno ante la palestra pública televisiva.

Una alocución presidencial al estilo “Alo Presidente” que solo sirvió para enrostrarle a sus altos subalternos las fallas de su gestión ministerial y lavarse en ellos la cara ante la opinión pública por la ineptitud de un Gobierno que ha incumplido, según sus propias autoevaluaciones, el (74%) de sus compromisos, pues se rajaron en 146 de 195 metas propuestas.

¿Qué podíamos esperar de un equipo de trabajo desarticulado, lleno de egos inflados, corazones rencorosos y rencillas alimentadas por los juegos de poder?

Al parecer, siendo nuestro erudito presidente un gran lector de filosofía política que en sus discursos y trinos presidenciales mencionaba autores marxistas como Antonio Negri y Michael Hardt, o al alemán Jürgen Habermas, entre otros pensadores de la izquierda moderna, como que se le olvidó un filósofo político excepcional como Nicolás Maquiavelo o no leyó su icónica obra “El Príncipe”, siendo esta el manual que todo gobernante debe implementar si quiere no solo alcanzar el “poder político”, sino además mantenerlo.

Maquiavelo manifestaba en su brillante obra que “el primer juicio que hacemos desde luego sobre un príncipe y sobre su espíritu no es más que conjetura, pero lleva siempre por fundamento legítimo la reputación de los hombres de que se rodea este príncipe”; en otras palabras, más castizas y populares, dime con quién anda el príncipe y te diré qué clase de príncipe es.

Bajo esa premisa maquiavélica, ¿qué clase de presidente es aquel que se rodea de un corrupto exministro de Hacienda como Ricardo Bonilla, de un jefe de Gabinete truhan como Armando Benedetti y de una ministra de Relaciones Exteriores como la enigmática y misteriosa Laura Sarabia? Personajes que son cuestionados y hasta rechazados por sus propios coequiperos.

Cabe preguntarnos además: ¿Puede ser considerado Gustavo Petro una persona sensata? Según Maquiavelo, de la buena elección de los ministros del príncipe, de que sean buenos o malos, depende la medida de la prudencia que uso en ella. Por lo visto está que nuestro flamante presidente no es solo imprudente para “trinar”, sino también para “asignar”.

Tal desatino tiene nuestra primera magistratura para elegir a sus más íntimos consejeros que, en un gabinete que solo cuenta con 19 carteras ministeriales, una más que el gobierno anterior (ministerio de equidad e igualdad), en dos años de mandato ya ha nombrado 34 ministros y 54 viceministros, liderando, según investigaciones de Jesús Avile (Infobae Colombia), el ranking de mayores números de cambio en el gabinete entre 1991 y 2024, superando a Andrés Pastrana, quientuvo 32 ministros durante ese mismo periodo de su administración.

Es decir que, en promedio, un ministro del presidente Petro dura poco más de 12,4 meses en el cargo, lo que vendría siendo uno por año.

Lo más preocupante es que, frente al último desastre de consejo de ministros, la “crisis ministerial” es eminente y de seguro seguirán rodando cabezas por renuncias o insubsistencias, que sumarán un hito más en su marca histórica de desaciertos, por lo que el único que puede vencer a Petro es Petro mismo.

Al parecer, nuestro presidente en dos años de gobierno no ha podido hallar la fórmula secreta para conocer si sus ministros son buenos o son malos.  Si hubiera leído a Maquiavelo o hubiera recordado lo que leyó, sabría que el escritor citó un medio que no induce jamás a error.

Y es, cuando un ministro piensa más en sí que en su gobernante y que todas sus acciones tienen la intención de buscar siempre un provecho personal, el gobernante debe tener la claridad de que este hombre nunca le servirá bien, pues “el que maneja los negocios de un estado no debe pensar en sí mismo, sino en el gobernante y no recordarle otra cosa que no sea la responsabilidad de su mandato».

Pero también Nicolás manifiesta que «el Gobernante, a fin de conservar a un buen ministro y sus buenas y generosas disposiciones, debe pensar en él, rodearle de honores, enriquecerle y atraérsele por el reconocimiento con las dignidades y cargos que él le confiera».

Lo paradójico de estos sabios consejos es que Gustavo Petro no ha tenido el discernimiento para diferenciar ni lo uno, ni lo otro, pues defendió a un misógino como Benedetti y deshonró públicamente a miembros de su gabinete que de seguro se han esforzado por hacer bien su trabajo.

Petro, ¿hasta cuándo seguirás gobernando con un “gabinete sin cabezas”?

 

 

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