«El cambio» que traicionó a Colombia

En la historia de los países hay momentos en los que una sola palabra encarna una esperanza colectiva. En Colombia, después de más de 60 años de guerra con las FARC y de la fatiga social acumulada por décadas de violencia, desigualdad y abandono estatal, esa palabra fue “cambio”.

Cuando Gustavo Petro la pronunció en campaña, millones creyeron que al fin había llegado la hora de cerrar las heridas. Su promesa de “paz total” ofrecía algo más que un acuerdo con grupos armados: la ilusión de un país reconciliado y de un gobierno que pondría al Estado al servicio de los más olvidados.

Era una promesa poderosa. Si Petro hubiese cumplido siquiera el 70 % de su programa, Colombia sería hoy un país distinto: con reformas sociales bien diseñadas, inversión pública transformadora, carreteras conectando las regiones más apartadas, seguridad para los líderes sociales y menos territorios bajo el control de los grupos armados. Habría sido recordado como un presidente reformista y visionario, incluso como un referente en América Latina.

Pero el “cambio” terminó siendo un espejismo. En lugar de avanzar hacia la reconciliación y el desarrollo, el país volvió a enfrentar las viejas sombras: la violencia, la corrupción y la división política.

En 2025, Colombia ya registra más de 100 líderes sociales y políticos asesinados, según Indepaz, y 59 masacres con casi 200 víctimas mortales hasta septiembre. Zonas críticas como el Catatumbo, el sur de Bolívar y el Valle del Cauca permanecen asediadas por guerrillas, disidencias, bandas criminales y paramilitares, mientras el Estado parece cada vez más ausente.

La “paz total”, que debía ser el gran proyecto de esta administración, se ha quedado en el papel. La inseguridad urbana crece, el narcotráfico no cede y las hectáreas de cultivos ilícitos aumentan. En los barrios y veredas, la sensación es que la violencia volvió con más fuerza.

La frustración no proviene solo de la seguridad. El Congreso aprobó al Gobierno presupuestos sin precedentes: 350,4 billones de pesos en 2022; 405,6 billones en 2023; 502,6 billones en 2024 y 511 billones en 2025. En total, más de 1.769 billones de pesos en tres años. Sin embargo, las regiones siguen sumidas en el abandono, no hay una sola carretera construida y los mandatarios locales denuncian recortes que ahogan los programas sociales.

Mientras tanto, la corrupción golpea con la fuerza de los viejos fantasmas. Escándalos como el de la UNGRD, el soborno a congresistas, los carrotanques de La Guajira, el Ministerio de la Igualdad, el DAPRE y el sonado caso de las maletas de Laura Sarabia han desgastado la confianza incluso entre los votantes más fieles. Para muchos, el “gobierno del cambio” ha triplicado los vicios que prometió erradicar.

A todo esto se suma el estilo de Petro: un presidente más enfocado en confrontar a las potencias occidentales, defender regímenes como el de Nicolás Maduro o polemizar en redes sociales, que en liderar políticas públicas efectivas. Sus llamados a consultas populares y a una constituyente son vistos por críticos como intentos de prolongarse en el poder, mientras el país real lidia con desplazamientos, pobreza y violencia cotidiana.

El contraste entre lo prometido y lo que se vive alimenta la percepción de que el presidente gobierna un país imaginario, uno que solo existe en los discursos, no en las calles donde el miedo y el descontento son palpables.

El “cambio” terminó siendo un cambio para peor. Se prometió reconciliación y hubo más polarización; se habló de honestidad y se destaparon nuevos escándalos; se prometió desarrollo y las regiones siguen atrapadas en el atraso.

Gustavo Petro tuvo en sus manos la oportunidad histórica de convertirse en el presidente que por fin reconciliaría a Colombia con su destino. Pero eligió el enfrentamiento, el populismo y la división. La historia, como suele ser implacable, lo recordará no por lo que pudo lograr, sino por lo que dejó escapar.

Porque hay errores inevitables en todo gobierno, pero nada es más doloroso que ver morir la esperanza cuando se pudo haber hecho historia. Petro prometió un país nuevo y terminó perpetuando las viejas miserias.

El cambio que prometió traicionó a los colombianos. Lo que se vendió como un sueño terminó siendo un espejismo que dejó al país más dividido, más pobre y más inseguro. Y esa es la peor herencia que un gobierno puede dejar: la sensación de que la esperanza, una vez más, fue estafada.

COMPARTIR
COMPARTIR
COMPARTIR

Más Columnas

Imagen de Perfil

¿Nos ha robado algo la IA? El piano de cola y el músico.

Imagen de Perfil

¡Chengue, el día que el horror rompió el silencio!

Imagen de Perfil

El otro Petro

Imagen de Perfil

La Política es dinámica

Imagen de Perfil

Corralejas en riesgo

Imagen de Perfil

Violencia, microtráfico y territorio (Sincelejo y Sucre)