Durante muchos años, fue una especie de elegancia intelectual aplaudir a la izquierda, incluso cuando sus ideas y experiencias históricas mostraban profundas contradicciones y fracasos. No se discutieron su ideales con la misma severidad con la que se examinaban las de sus adversarios. Se repetían, se administraban y, finalmente, se normalizaban. Sin arrugarnos, aplaudíamos dictaduras por sus discursos, olvidamos la verdad y la libertad
Se afirmaba que el Che Guevara era uno de los grandes referentes de su época, mientras se omitía hablar de la represión ejercida por el régimen cubano y del envío de homosexuales a campos de concentración, para forzarlos a trabajar y torturarlos hasta la muerte. Hoy la población LGTBI porta con orgullo las camisetas con el rostro de su verdugo.
Gustavo Petro, Iván Cepeda y otros dirigentes de izquierda, reivindicaron durante años a Hugo Chávez como referente político, exaltándolo como líder de Latinoamérica y un gran arquitecto, mientras Venezuela atravesaba una profunda crisis económica y social. La admiración política se convirtió en la excusa perfecta para ignorar los resultados. Quizás por ceguera, ignorancia o malicia.
La toma del Palacio de Justicia por el M-19 fue un episodio de enorme gravedad, con secuestros y muertes. Sin embargo, uno de sus miembros denominó ese acto terrorista como una genialidad y muy a pesar de esto, fue elegido presidente de Colombia. Es apenas lógico, su metodología estaría enfocada en exaltar al grupo guerrillero cambiando la historia. El sombrero de Pizarro se convirtió en símbolo de paz. ¿Puede una democracia romantizar un acto de violencia política?
En España, Irene Montero defendió la educación afectivo-sexual desde edades tempranas y sostuvo que debía existir formación sobre sexualidad, consentimiento y relaciones, inclusive propuso la sexualidad infantil como un derecho de los niños. Solo se escucharon murmullos de reproches mientras fue recibida con honores en la Casa de Nariño.
Marx escribió que la religión era el “opio del pueblo”, y, sin embargo, hoy existen quienes se identifican simultáneamente como cristianos y socialistas. El efecto de tal oxímoron es observar a los católicos orar por los niños mientras eligen políticamente las ideologías que propenden por inyectarles hormonas y mutilar sus genitales. Nada que hacer si el máximo jerarca de la iglesia, el papa Francisco se alineaba con la agenda LGTBI y simpatizaba con comunistas.
Simone de Beauvoir escribió que “no se nace mujer: llega una a serlo”, una formulación que posteriormente adquirió enorme influencia en determinadas corrientes feministas y debates contemporáneos sobre sexo y género. Los progresistas ante la tibieza de quienes decidían no opinar, construyeron todo un andamiaje ideológico o supersticioso fundado en que un hombre se puede convertir en mujer gracias a la construcción social, así mismo, una mujer podría transformarse en hombre. El problema de este último caso es que la naturaleza le recordará cada 28 días que es una mujer.
Dejamos de discutir las ideas para administrarlas y repetirlas, cayendo en el juego nacional socialista de que toda mentira repetida se convierte en verdad. Sin darnos cuenta, convertimos el lenguaje cotidiano en incuestionables verdades relativas sin tener en cuenta el orden moral más elemental.
Y entonces apareció el periodismo tibio: ese que prefiere no incomodar, que teme llamar a las cosas por su nombre y que confunde neutralidad con omisión, que inclusive, apoya con vehemencia todas estas atrocidades dejando a un lado su deber social.
El problema no está en decir la verdad. El problema radica en omitirla ante las mentiras, esconderla ante la manipulación o, peor aún, decidir no decidir.
La batalla cultural no consiste en odiar a quien piensa diferente. Consiste en volver a discutir las ideas. En confrontar una idea u opinión con los argumentos; los relatos con hechos y la propaganda con evidencia. Decir la verdad no es discurso de odio es sentido común.
La verdadera batalla cultural comienza cuando dejamos de tener miedo de pensar, de preguntar y de decir aquello que otros prefieren que permanezca en silencio. La verdadera batalla espiritual es buscar la libertad de nuestras ideas a través de la verdad, porque la verdad os hará libres.