En La sonrisa de Mona Lisa, una película interpretada por Julia Roberts, la actriz encarna a una profesora que llega a dictar una clase de arte a un grupo de mujeres que se preparan en una universidad prestigiosa.
Las estudiantes han leído todos los textos propuestos para la clase y conocen, con una memoria casi robótica, toda la información que ella tiene para ofrecer. Una de las estudiantes le dice que, si no tiene nada nuevo para decirles, ellas preferirían ir a estudiar por su cuenta el contenido de otras materias, abandonando finalmente el salón.
Traigo esta escena a colación porque considero que retrata el drama que están viviendo los profesores con las nuevas generaciones en todos los niveles educativos.
Los jóvenes somos como las mujeres de la película, hemos tenido desde temprana edad acceso a la información. Nacimos al tiempo con Encarta, la enciclopedia electrónica de Microsoft, que permitía solucionar las dudas escolares en un mundo limitado de conocimiento. Luego, apareció el internet y descubrimos sus bondades y posibilidades, comulgamos en torno a mucha información ofertada por Wikipedia e hicimos algunas tareas con ayuda del Rincón del Vago, incluso cuando nos decían que buscáramos en los libros antes de sumergirnos en el internet.
Hoy, estas herramientas se han transformado porque con los celulares nos cabe el mundo en la mano: tenemos Chat GPT para cualquier duda que nos surja o un traductor simultáneo en caso de necesitarlo. Nuestros padres a nuestra edad pensaban en hijos y estabilidad; nosotros aún no hemos llegado a nuestra era dorada porque, gracias al internet, el mundo se nos ha vuelto posibilidad de experiencia y de vida.
Evidentemente, no es la realidad de todos los jóvenes. Es dramático que en nuestro país sigan existiendo zonas sin acceso a servicios básicos y mucho menos a internet, lo que retrasa y limita las oportunidades de crecimiento profesional, el pensamiento reflexivo, empoderado e informado de los jóvenes y el aporte que, como colombianos, podemos darle al mundo.
Lo más preocupante es que, desde el escándalo de Karen Abudinen, exministra TIC, no hemos vuelto a saber de proyectos que busquen solventar la necesidad de conectividad que nos reclama el mundo para las escuelas y el territorio nacional, lo que podría explicar el descenso paulatino que hemos tenido en las pruebas PISA y demás mediciones del sector educativo.
Adicionalmente, las instituciones educativas se han venido quedando en un modelo con dinámicas de poder anticuadas, pues algunos profesores creen que son más que sus alumnos porque tienen un título, pero lo cierto es que el conocimiento certificado se está volviendo obsoleto en un mundo con acceso a internet.
Tal vez esto explica la deserción educativa que este año va cercana al 3.58% en la población universitaria, según informó el Ministerio de Educación, pues las aulas no están ofreciendo algo complementario a nuestra naturaleza autodidacta, haciendo eco en nuestra creencia como jóvenes de que nos las sabemos todas.
La tecnología no puede, sin embargo, enseñarnos a aprender o a buscar información y es ahí donde deberían estar enfocadas las energías de los profesores. Incluso esos lugares apartados del avance del mundo tecnológico requieren un replanteamiento de la metodología, pues se ha demostrado que el aprendizaje funciona mejor en modo dialéctico, didáctico y práctico.
En un mundo con tanta información y riesgo de caer en noticias falsas, conspiraciones e investigaciones sin evidencia, es necesario que los profesores nos enseñen una educación mediática.
Es decir, cómo y dónde buscar información para que las aulas de clase funcionen como un intercambio de saberes en el que promovamos la proliferación de nuevas ideas, que ya existen en nosotros, para transformar el país.