En noticias y foros académicos repetimos un hecho incómodo: la educación está cambiando, no solo por la tecnología o por “las nuevas generaciones”, sino porque somos menos. La caída de la natalidad y el envejecimiento disminuyen las cohortes y eso se siente en matrículas, salones más vacíos y decisiones difíciles: programas que no abren, colegios que se fusionan, sobre todo los de un solo sexo, y universidades ajustando su oferta académica.
A la demografía se suma el bolsillo: matrículas altas, menos subsidios y becas, y familias haciendo cuentas cuando un semestre de una carrera promedio puede costar 18 millones y tomar cuatro o cinco años.
También quedó la huella del COVID con el auge de la virtualidad y crecieron alternativas que prometen empleabilidad en menos tiempo. Y, cada vez más, por diversos motivos, estudiar afuera resulta una excelente opción: muchos jóvenes perciben que en Europa hay programas más cortos y costo-efectivos, con opción de viajar, trabajar y aprender idiomas. Y, con menos jóvenes cotizando, asoma otro debate, ¿Cómo nos vamos a pensionar?, pero eso merece columna aparte.
Participo con frecuencia en espacios de la Universidad del Rosario para Gestión y Desarrollo Urbano; podcasts, webinars, publicaciones, trabajo con el Consejo Estudiantil para socializar el programa… Aun así, este año no abrió por falta de interés real. No es un caso aislado: Los Andes cerró una carrera y varias instituciones evalúan ajustar su portafolio. Es duro admitirlo, pero el mensaje es claro: el mercado educativo se reconfigura a la velocidad de los cambios demográficos y económicos, y la respuesta institucional no siempre está a la altura.
Paradójicamente, mientras unos programas cierran, otras aulas se llenan. Estoy en un diplomado con 20 personas más y, curiosamente, la mayoría tiene empresa inmobiliaria propia. ¿Qué buscan? Herramientas inmediatas para gestionar proyectos reales, conectar redes y traducir teoría en resultados.
Menos títulos largos; más capacidades aplicadas y habilidades blandas que exigen los empleadores. La educación “para toda la vida” muta hacia un continuo de aprendizajes cortos, acumulables y pertinentes. Al final, todos pensamos en generar ingresos pronto.
Esto no significa renunciar a la formación integral ni a la investigación. Significa ordenar la casa con otra lógica: pertinencia, flexibilidad y costo-efectividad. Pertinencia para alinear currículos con transiciones reales (verde, digital, demográfica) y oficios emergentes; flexibilidad para permitir movimientos sin penalizar trayectorias no lineales y; costo-efectividad para que estudiar no sea un lujo y para que los apoyos lleguen donde más transforman.
¿Qué hacen otros países? Alemania y Austria fortalecieron modelos duales: estudiar y trabajar al tiempo con aprendizajes acreditables. Singapur apostó por “SkillsFuture”: microcredenciales y subsidios para reentrenarse varias veces en la vida.
Colombia tiene con qué adaptarse. El SENA y las universidades pueden articular rutas flexibles que combinen teoría, práctica y certificaciones sectoriales; alcaldías y departamentos deben impulsar alianzas para prácticas pagas y primeros empleos; y la Nación necesita reorientar becas hacia sectores estratégicos con metas de inserción laboral.
La educación se reacomoda, cambió de forma. Con menos jóvenes, mayor incertidumbre y costos al alza, lo sensato es movernos hacia una educación para el trabajo y la vida, a ritmos más cortos, con puentes para volver cuando haga falta. Si usamos la demografía como brújula, y no como excusa, este reacomodo puede ser una oportunidad para enseñar y aprender mejor.