El Verdadero Poder
En una República con tridivisión del poder, suele decirse que el presidente ostenta el mayor de ellos, en razón del inmenso aparato burocrático de que dispone, así como por su facultad de ordenación del gasto con el correspondiente manejo del presupuesto nacional.
Pero Montesquieu (quié, no quiú) sabía muy bien que el sistema democrático se funda en las leyes que expide el Congreso y en el control que ejerce la rama judicial, y por eso enseñó que al Consejo de Estado le corresponde, entre otras funciones, conocer de las acciones de nulidad por inconstitucionalidad de la generalidad de los decretos que expida el Gobierno Nacional; el control de legalidad de los actos administrativos y el conocimiento de los casos sobre pérdida de investidura de los congresistas.
Y a los jueces constitucionales, les asignó, nada menos, que la decisión sobre la constitucionalidad de leyes, referendos, consultas, plebiscitos, decretos presidenciales legislativos y con fuerza de ley, de los tratados internacionales y la última instancia de las tutelas, lo que los convierte en el verdadero poder dentro del Estado de Derecho, pues mientras que sus fallos y sentencias deben ser acatados por las demás instituciones, los actos jurídicos que estas emiten quedan sujetos a la decisión de tales jueces.
Por ello, sería conveniente que se revisara la forma de elegir a estos magistrados, puesto que, estando llamados a preservar el orden democrático, eventualmente infringido por el ejecutivo, no es de rigor que esta rama, en cualquier tiempo, participe en la postulación de algunos de ellos.
El Legado
Ahora se discute acerca del legado que dejan ciertos dirigentes políticos, y algunos afirman que el de Miguel Uribe Turbay no existe.
Es posible que tengan razón, si por tal se entiende “aquello que se deja o transmite a los sucesores, sea cosa material o inmaterial”, pero no cuando, además, se le compara con los que se les atribuyen a Gaitán, Galán y Gómez, para afirmar que el de estos sí es palpable.
Lo primero que habría de diferenciar es que ya no se trata del elemento herencia en el sentido estricto de la legislación civil, sino del conjunto de la sociedad que recibe un acervo de ideas o de obras atribuibles al personaje en mención.
En cuanto al legado de ideas, es imposible descartar a todos los que las han expuesto en cualquier tiempo, con menor o mayor intensidad, según el reconocimiento que se les hace después de su muerte, sobre todo cuando ha sido trágica, de manera que un sentimiento colectivo los convierte en héroes.
Así, el legado de Gaitán Ayala, Galán Sarmiento, Gómez Hurtado y Uribe Turbay no se refiere a obras, pues ninguno las dejó para el país, por no haber alcanzado la presidencia, asesinados como fueron, sino a sus discursos como candidatos, expresados en tiempos y edades diferentes, ya que Gaitán y Galán terminaron la vida a sus 45 años, Gómez a sus 76 (lo mismo que su padre) y Uribe a los 39.
A Gaitán se le recuerda por sus arengas contra la oligarquía bogotana. A Galán, por su lucha contra el clientelismo y el narcotráfico. A Gómez, por el acuerdo sobre lo fundamental para sustituir al régimen, y al joven Uribe por su recia oposición al gobierno.
A Gaitán no lo reemplazó nadie. A Galán, algunos dicen que Gaviria. A Gómez, ninguno. A Uribe Turbay, su padre, quien espera captar la solidaridad que se despertó a raíz de la trágica muerte de su hijo, sentimiento que, por cierto, ha ido desapareciendo ante una realidad inmodificable.
Todos fueron excelentes oradores y Gómez, además, editorialista contundente, cada uno desde su respectiva y propia ideología, pero la desventura nos negó la posibilidad de saber si también hubieran sido buenos gobernantes.