Dos años de nada con nada

Han pasado dos años desde que Yahir Acuña llegó a la Alcaldía de Sincelejo, y el balance es tan preocupante como revelador. Lo que se prometió como una administración de progreso y cercanía con la gente se ha convertido en un espectáculo permanente, donde las redes sociales sustituyen la gestión y los escándalos familiares se mezclan con los asuntos públicos hasta el punto de contaminar la institucionalidad.

Sincelejo vive hoy una administración marcada por la improvisación, el personalismo y la manipulación del aparato público. Un alcalde más atento al lente de la cámara que a las necesidades reales de la ciudad, más preocupado por proyectar imagen que por resolver los problemas de fondo. Las decisiones se concentran en un pequeño círculo de poder familiar que parece haber confundido el patrimonio público con un botín privado.

A esto se suma el uso político del empleo público. En estos dos años se ha producido un despido masivo de trabajadores, golpeando el sustento de decenas de familias y afectando la calidad de los servicios municipales. No se trata solo de números: detrás de cada despido hay una historia, un hogar, una vida que dependía de ese ingreso. Esa política del miedo y del castigo es incompatible con los principios más básicos de un Estado social de derecho. Gobernar no puede ser sinónimo de perseguir o de premiar lealtades.

En Sincelejo, la administración pública ha sido reemplazada por una maquinaria de propaganda. Se nombran alcaldes encargados y operadores políticos para manejar intereses particulares, mientras los proyectos verdaderamente urgentes —empleo, movilidad, agua, salud y educación— siguen sin soluciones de fondo.

El poder no es un escenario familiar ni una vitrina digital. Es un compromiso ético con la gente. Yahir Acuña y su grupo deben entender que gobernar no es acumular poder, sino ejercerlo con transparencia, respeto y sentido de justicia.

A dos años de su mandato, Sincelejo merece una autocrítica colectiva. No podemos seguir normalizando el autoritarismo disfrazado de gestión, ni el despilfarro mediático como sustituto de la verdadera política social. Es hora de devolverle dignidad a lo público y memoria a una ciudadanía que merece respeto, no manipulación.

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