Los políticos prefieren ideologías colectivistas que se apartan de la cosmovisión del gobierno bíblico por dos razones fundamentales: la primera, consideran que la religión es el opio del pueblo y la segunda, al erradicar la presencia del Dios espiritual, el Estado se convierte en su dios. Ellos asumen el poder.
El conjunto de creencias, valores y conceptos a través del cual la cultura judeocristiana interpreta la gobernanza de las naciones colocan en su orden al individuo, la familia, la iglesia, las asociaciones privadas y por último al Estado; no al revés como lo pretenden las corrientes ideológicas derivadas del socialismo.
Marx asumía que la religión era un consuelo para las personas, las ayudaba a soportar las injusticias y dolores, e inclusive, al punto de aceptar pasivamente esas injusticias en lugar de cambiarlas, allí esta la clave, el creador del socialismo no pretendía acabar con la religión, todo lo contrario, su plan era transformarla, apartar al Creador, para constituir uno nuevo, el Estado.
Desde la perspectiva marxista, el Estado es el nuevo becerro de oro del mundo moderno, y el mandatario debe ser adorado como la extensión del brazo de ese dios pagano erguido para consolar, para ayudar a la clase oprimida de sus opresores, enfrentar al rico injusto en la lucha de clases, impartir justicia social, engañar con fines políticos.
Para el socialista comunista, la legitimación del poder está en manos del pueblo, porque la voz del pueblo es la voz de Dios, en este punto se reemplaza al Creador y se omite su existencia, porque donde Dios no existe, todo esta permitido. Es exactamente lo que hacen los políticos, sentirse dioses legitimados por el tumulto de la multitud que esta muy cerca de la locura.
La nueva religión, absolutamente distinta a la fe judeocristiana, deberá erradicar todo aquello que no asuma al colectivo como prioridad, en este caso, el individualismo no existe sino en el Estado y subordinado a las necesidades de este. Pues, todo estará dentro del Estado, nada fuera del Estado y nada en contra del Estado, como lo afirmaría Mussolini en la Doctrina del Fascismo.
La cosmovisión marxista seguiría expandiéndose, asumiendo que el Estado no es un fin sino un medio para entender que el poder estatal debía estar al servicio del objetivo ideológico del pueblo en su visión nacionalista y racial. Puesto que, la fuerza y el poder del Estado debían servir para moldear y unificar la nación, como el holocausto de millones de judíos que ejecutó el nazismo.
Por estos tiempos de progresismo, pensamiento ideológico que tiene origen en la filosofía de Marx, se busca desarraigar la naturaleza del hombre para asumir su autopercepción, nada más apartado de la naturaleza. Pero, con un ingrediente mucho más peligroso, capturar al creyente acérrimo para que, desde la misma fe, promueva esta ideología anticristiana. Es decir, ha logrado desquiciar al cristiano al punto de orar por su propia destrucción.
Esta mutación marxista, inicialmente acepta al capital con la promesa divina de la redistribución como ayuda hasta exprimirlo y resecarlo, hace que el político se sienta el gran arquitecto, ahora denominado el ingeniero social que viene a resolver las desigualdades.
Marx era ateo y desde esa concepción construyó el socialismo y comunismo, a partir de allí se derivaron las filosofías colectivistas como el fascismo, nazismo y progresismo, este último con su herramienta de justicia social para engañar, con las consecuencias que ya todos conocemos, totalitarismo, hambre, migración y muerte, en nombre de ese dios pagano, del Estado.
Por estas razones, los rabinos, sacerdotes, pastores y todos los feligreses de la cultura judeocristiana deberán entender de una vez por todas, que el Estado no es un aliado, es un enemigo en la cosmovisión del gobierno bíblico; y que, quienes por vocación se dediquen a la política, deberán tener como primer requisito, el temor de Dios para gobernar con sabiduría, prudencia, humildad y el deseo de hacer el bien.