Destruir la democracia, proponer la aristocracia

Mencionar que la democracia es un sistema poco funcional es un pecado y cuando uno propone que deberíamos hacer un tránsito a un sistema aristocrático temporal, se encienden alarmas injustificadas que parten del desconocimiento de los fundamentos de estas dos propuestas teóricas del manejo del Estado.

Las personas que más se alarman son aquellas que sienten que es necesario consultarnos a todos los miembros de una sociedad por las decisiones estatales porque, de lo contrario, caeríamos en una dictadura. Sin embargo, lo que deciden ignorar es que, a través de los procesos democráticos actuales, caemos en manos del populismo que no diferencia de ideología política.

Nuestro país es profundamente desigual. Existen quienes viven con todos los lujos posibles y el derroche, mientras hay otros que cuentan monedas para poder arrendar la pieza en la que pasarán la noche.

Los primeros se forman, estudian y muchos de ellos migran a otras latitudes para poder desarrollar el máximo de sus potencialidades profesionales o cumplir sus sueños personales, sin enfocarse en el desarrollo social que reclama nuestro país.

Los segundos se quedan en la lucha diaria por la solución de sus necesidades básicas y muchos deben sacrificar sus sueños y su desarrollo profesional por cumplirles a sus familias.

En Colombia la educación es un derecho y, si bien el Estado provee educación pública y gratuita, la calidad de esta se ve comprometida a los dictámenes de los políticos de turno y la motivación, cada vez más baja, de los profesores.

Si seguimos en el ejercicio comparativo, nos encontraremos que los que se encuentran en la cima de la pirámide social se educan en colegios bilingües, con materias que ni siquiera se requieren en el contexto colombiano, mientras los otros se llenan de conocimientos que no abren las puertas al mercado laboral, lo que ahonda la brecha social. No profundizaré en la educación superior, pues muchos no llegan a ese lugar.

Ahora bien, ¿por qué proponer un cambio a un modelo aristocrático? El hecho de no tener una educación básica uniforme, que forme a su vez en políticas de Estado, en conocimientos sobre política, historia, administración y economía, hace que las personas opinen sobre estos temas desde el desconocimiento y el parecer que, sin duda, está alineado con la historia de vida y no con una realidad técnica.

Por eso el auge del populismo en América Latina, pues los políticos deciden conectar con la efervescencia de la carencia y no con la rigurosidad de la propuesta necesaria e impopular.

En otras palabras, la democracia solo debería existir en sociedades que hayan cubierto todas las necesidades básicas y brinden educación de calidad. De lo contrario, democracia es sinónimo de populismo y de patinaje sobre los mismos problemas sin soluciones verdaderas.

Muchos sabemos lo que está mal en nuestro país, en nuestras regiones, pero pocos sabemos cómo aterrizar esas ideas en propuestas o ejecutar los planes necesarios que la sociedad reclama. Ese debería ser el ejercicio del político que hoy se desdibuja cada vez más porque se cree que el presidente es un opinador y no un ejecutor.

Por otro lado, una de las críticas al modelo aristocrático es que nos dominarían las élites que siempre han estado a cargo de nuestro devenir, pero lo cierto es que para instaurar una verdadera aristocracia es necesario imponer ciertas medidas de control que dejarían en muchos casos a estas élites por fuera de la ecuación.

En primer lugar, habría que atajar el ansia de nepotismo, asegurar que ningún miembro pueda ser familiar de otro para evitar contrataciones a dedo que pasen por encima del principio del gobierno de los mejores.

En un segundo momento, que no sea un cargo vitalicio ni un sistema constante, la aristocracia debe ser transitoria; debe buscar solventar las desigualdades para que de esa forma se pueda instaurar una verdadera democracia.

En tercer lugar, hacer evaluaciones constantes de los miembros en las materias antes mencionadas y adicionalmente en temas de sociología y cultura, para evitar que lleguen al poder ideas contrarias a la búsqueda de la justicia y equidad social.

Finalmente, sería importante transformar las funciones del Estado para que este no sea proveedor ni gestor del bienestar, sino rector de una visión mancomunada.

Adicionalmente, considero importante que los miembros de esta aristocracia no reciban sueldos elevados, para evitar que la gente quiera hacer parte solo por el salario.

Seguramente, con todos estos controles, es posible que quienes han pertenecido históricamente a las élites tengan un puesto asegurado, pues se han formado más que los otros, pero también asegura que quienes tienen los conocimientos y no tienen el favor de un padrinazgo político puedan acceder a los órganos de poder por sus méritos.

Tenemos que perder ese discurso que nos ha puesto en una pelea de clases y que nos invita a ignorar e invalidar la opinión de unos u otros por su procedencia o estatus. También es necesario que nos despojemos de la idea de que es válido opinar sobre los temas estatales como si fuéramos expertos, pues este país lo que más necesita es cultivar el silencio reflexivo y la humildad epistémica.

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