Desarmar el corazón: política para una sociedad en paz

En tiempos electorales, la efervescencia democrática se manifiesta con fuerza. Candidaturas y precandidaturas surgen con entusiasmo; algunas capturan la atención de los medios y las redes sociales, otras avanzan en silencio.

Lo cierto es que, en democracia, toda persona que esté habilitada legalmente tiene derecho a presentarse, a proponer, a construir. Y eso es algo que debemos valorar.

Sin embargo, junto con el legítimo ejercicio de la política, crece también un fenómeno que no podemos normalizar: el uso del odio como herramienta de campaña. La violencia simbólica, el discurso que busca aniquilar al oponente, la descalificación sistemática, los insultos y la agresión son prácticas que erosionan el sentido más noble de la política.

No se trata de ingenuidad. Se trata de responsabilidad. Vivimos en sociedades atravesadas por la violencia: en los hogares, en las calles, en las redes, en los discursos públicos. Naturalizarla en la política es renunciar a la posibilidad de transformar esa realidad. Si aceptamos que todo vale con tal de ganar, ¿qué estamos enseñando a las próximas generaciones?

La política debe ser una herramienta para construir futuro, no para destruir adversarios. Necesitamos una política hecha con amor, con empatía, con la convicción de que las diferencias no nos hacen enemigos, sino interlocutores necesarios en la construcción del bien común.

Desarmar el corazón es un acto radical en estos tiempos. Significa elegir el respeto por sobre el agravio, el argumento por sobre la descalificación, la propuesta por sobre el ataque. Significa recuperar el sentido ético de la política, su vocación de servicio, su potencial transformador.

Si aspiramos a una sociedad en paz, debemos empezar por cambiar el tono del debate público. La democracia no se defiende solo en las urnas, sino también en las palabras que elegimos, en los gestos que promovemos, en la forma en que tratamos a quienes piensan distinto.

Hay mucho en juego. No solo se trata de quién gana o pierde una elección, sino del tipo de país que estamos construyendo. Hagámoslo con respeto. Hagámoslo con amor. Porque la paz no se impone: se construye.

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