En un hogar de estrato 2, dos hermanas conversaban en voz baja frente a su padre. Soñaban con ir a Rincón del Mar para disfrutar de un día de playa y conocer el condominio de Balsillas. Bertha, la mayor, le dijo a su hermana: “Acuérdate de que somos pobres”. El padre, al escucharlas, levantó la voz: “Recuerden que no tenemos dinero, pero pobres no somos”.
Ese mensaje marcó sus vidas. Hoy, aquellas dos hermanas y sus dos hermanos son profesionales: ellas, comunicadoras y periodistas; ellos, abogados. Todos trabajan. Su historia demuestra que la pobreza no es una condena, sino un desafío que puede superarse.
La Biblia enseña que para salir de la pobreza se requiere un corazón humilde y contento con lo básico, abandonar los hábitos dañinos, buscar sabiduría e inteligencia, y trabajar con integridad y decisión.
El poeta Cristo García Tapia, nacido en Chochó, corregimiento de Sincelejo, también lo entendió así. Su padre lo llevaba a trabajar al campo bajo el inclemente sol caribeño, hasta que un día decidió que no empuñaría más un machete. Les anunció a sus padres que se iría a Sincelejo, aunque ellos le repetían la falsa premisa de que “los pobres no podían estudiar”. Una familia lo acogió y él, con determinación, escribió una carta al sacerdote Isaac Rayón, quien junto a otros españoles lideraba la parroquia del barrio Majual. Esa carta fue leída en varias emisoras de radio y marcó el inicio de una historia distinta: terminó el bachillerato, estudió en la universidad mientras trabajaba, y hoy es un orgullo para el departamento de Sucre. Cristo García Tapia enfrentó la pobreza y la derrotó.
Otros ejemplos abundan. Gabriel García Márquez, cuando vivió en el municipio de Sucre, sufrió las carencias de una familia numerosa acosada por la necesidad. Tomó la decisión de viajar a Cartagena, donde durmió en el parque de Los Mártires con apenas tres camisas floreadas y un par de zapatos rotos. Allí, un amigo lo llevó al diario El Universal, donde conoció al escritor Héctor Rojas Herazo, quien sería su aliado. Si García Márquez no hubiese enfrentado y derrotado la pobreza, Colombia nunca habría tenido al genio que alcanzó el Premio Nobel.
Su camino fue duro: desempleado en París, pasando hambre, luego trabajando en México como publicista y guionista. Cuando escribió Cien años de soledad, tuvo que empeñar su carro para encerrarse a terminarla. Envió el manuscrito en dos partes a Buenos Aires porque no tenía dinero suficiente para pagar el envío completo. Gracias al estímulo de Mercedes, su esposa, esa obra llegó a publicarse y convirtió en millonario a un hombre que conoció el hambre de cerca.
La pobreza, sin embargo, no es solo un asunto individual. Esta semana, el presidente Gustavo Petro dijo que Barranquilla era la “joya de la corona” en el Caribe, pero sigue abrazada por el estigma de la pobreza. Los alcaldes, como Álex Char y tantos otros, han pensado más en cemento, avenidas y condominios que en recuperar el tejido social y combatir la desigualdad.
Todas las ciudades del país están rodeadas por periferias golpeadas por la pobreza extrema. Allí se pierde un caudal inmenso de talento. Hace falta penetrar esos barrios con canchas deportivas, balones, becas en bellas artes y oportunidades reales. Luis Díaz es hoy millonario gracias a su talento y disciplina, pero ¿cuántos jóvenes con potencial deportivo o artístico se pierden por falta de un entrenador, una guía o una luz a tiempo?
La educación, el deporte y las artes son los caminos más sólidos para derrotar la pobreza.
Manuel Medrano, ganador de dos premios Grammy Latino, celebra este año una década de vida artística después de presentarse en diez conciertos en México y en España —Madrid y Barcelona— con boletería agotada. Para llegar tan alto, tuvo que tocar su guitarra y cantar en bares y cantinas de Bogotá. Otro ejemplo de alguien que venció la pobreza. Usted también puede hacerlo. Usted no nació para ser pobre.