Cuando los partidos sobran, pero el poder falta.

Al día de hoy se puede afirmar que en Colombia existen 37 organizaciones políticas (movimientos y partidos), situación que, sin duda alguna, podría interpretarse como una muestra de pluralismo democrático o como la posibilidad de una mayor representación para grupos minoritarios tradicionalmente excluidos.

Sin embargo, al hacer un análisis de fondo, sabemos que esto no es más que un síntoma de debilidad institucional, falta de cohesión ideológica y una profunda crisis de representatividad.

Al advertir esta realidad, retumban frases de cajón a las que, de una u otra forma, les hemos perdido su significancia. Pero si algo nos pone de presente esta proliferación de organizaciones políticas es que “HAY QUE CAMBIAR EL SISTEMA”, y ello nos obliga a repensar las formas de hacer política en nuestro país, pero sobre todo en nuestra región.

De los partidos políticos decía Gómez Hurtado: “Eran partidos de opinión, una adhesión a ideas, a programas. Ahora lo que hay es complicidad. Lo que se busca en toda solución política es: ¿a quiénes hacemos cómplices para que nos ayuden? Entonces, el país está gobernado por un régimen al que le interesan las complicidades”.

Como consecuencia de ello, hemos venido, como sociedad, cercenando infinitas posibilidades para que personas con aspiraciones políticas e intenciones reales de cambio puedan ser elegidas de manera popular.

La arquitectura política que se ha venido cimentando durante décadas fue diseñada, de forma casi perfecta, para concentrar el poder en grupos específicos, antes mucho más grandes que hoy. Y debemos ser conscientes de que la multitud de partidos que existen actualmente no representa una apertura real para nuevos sectores, sino la fragmentación de los grandes grupos tradicionales.

El surgimiento de nuevos liderazgos dentro de las estructuras partidistas sigue siendo, como bien lo advirtió Gómez Hurtado, un asunto de complicidad, no de méritos. En una entrevista, el mismo Gómez planteó que el “CAMBIO DEL SISTEMA” debía inspirarse en conceptos como la “Grandeza del General de Gaulle”.

Qué interesante sería que, como sociedad, como país y especialmente como región, apostáramos por líderes que piensen más en Colombia que en sí mismos, que rechacen la fragmentación política, el clientelismo y la improvisación, y que tengan el carácter necesario para tomar decisiones difíciles con visión histórica, apostando por la unidad nacional, la justicia social y la recuperación del rumbo institucional. Precisamente eso fue lo que hizo grande a De Gaulle.

Con las justas electorales que se aproximan, es más necesario que nunca que estas reflexiones no se queden en el plano de la crítica pasiva o del sobrediagnóstico que tanto caracteriza a la política del país y del departamento de Sucre, sino que se traduzcan en una acción política consciente, decidida y con carácter.

Es impensable seguir girando en torno a liderazgos partidarios fundamentados en favores, pactos de conveniencia o estrategias clientelistas. Es hora de entender que la grandeza de una nación no depende del número de partidos políticos que pueda registrar, sino de la calidad ética y moral de sus liderazgos.

La fragmentación del poder en Colombia y en las regiones ha sido un fenómeno que multiplica la corrupción. Los partidos políticos, en su gran mayoría, han mutado en simples vehículos electorales, impulsados por intereses estrechos, diseñados para preservar cuotas de poder, no para transformar la realidad social del país.

Recuperar la coherencia ideológica de quienes nos gobiernan debe convertirse en un propósito urgente como sociedad. No existe mayor garantía, si de cambio profundo se trata, que tener la certeza absoluta de que quienes nos representan actúan en sintonía con sus principios, sus ideas y, sobre todo, con su génesis.

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