Cuando la política se convierte en un amenaza

La angustia comenzó en un hecho aparentemente trivial: solicitar un vehículo que me transportara hasta cierto punto. Algo cotidiano, casi automático. Sin embargo, lo que debía ser un servicio oportuno se convirtió en una espera inusualmente larga, fuera de toda lógica. No era común, no era normal. Y en contextos como el nuestro, lo inusual rara vez es casual.

Minutos después, recibí un mensaje extraño. Inconexo, ambiguo, casi críptico. Un mensaje que no buscaba informar, sino inquietar. De esos que parecen diseñados para sembrar dudas más que para comunicar certezas. Aún hoy intento descifrarlo, ubicarlo en algún margen de racionalidad, pero su verdadero propósito parecía ser otro: advertir sin decir, insinuar sin nombrar.

Como si fuera poco, el compañero Gerardo Ruiz me comenta un “detalle” que, lejos de ser insignificante, resulta profundamente perturbador. En la puerta de su casa apareció un ramo de flores, muy bonito por cierto, acompañado de una tarjeta elegante. Un gesto que, en cualquier otro contexto, podría interpretarse como cortesía o admiración. Pero no en el nuestro.

Quienes tuvimos alguna visibilidad en los años 2000 entendemos perfectamente el lenguaje que se esconde detrás de estos actos. Sabemos que en este país las flores no siempre celebran la vida; a veces anuncian la muerte. Sabemos que las tarjetas elegantes no siempre traen buenos deseos; a veces son antesala de la intimidación. No es paranoia, es memoria. No es exageración, es experiencia.

Colombia ha sido un país donde la violencia aprendió a sofisticarse, a disfrazarse de gestos amables, a camuflar el miedo en símbolos de aparente normalidad. Hoy, esos mismos códigos parecen reaparecer, recordándonos que la historia no está tan lejos como quisiéramos.

Lo que ocurrió la demora inexplicable, el mensaje extraño, el ramo de flores no puede analizarse de forma aislada. Son piezas de un mismo rompecabezas que intenta enviar un mensaje claro, aunque no explícito: están observando, están cerca, pueden llegar.

Y frente a eso, solo queda una decisión: ceder al miedo o reafirmar la convicción. Porque si algo hemos aprendido es que el silencio nunca ha sido una opción digna. Nombrar lo que ocurre, denunciar lo que se siente y advertir sobre estos patrones no es un acto de valentía extraordinaria, es un deber con la memoria y con la vida.

Hoy más que nunca, no podemos permitir que el terror vuelva a instalarse, aunque lo haga disfrazado de flores.

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