El martes 9 de septiembre amaneció con el rumor de mar, viento y sueños tranquilos. Pero una llamada rompió ese aire: Rincón del Mar estaba en llamas. Me quedé en shock. Las redes ardían con el SOS: el fuego había llegado hasta la orilla.
En ese momento, lo primero que pensé fue en mis amigos del hotel Dos Aguas y en sus cabañas, a escasos metros del desastre. Solo sus fundadores estaban fuera del país y no se habían podido comunicar con el hotel. Fueron horas de mucha incertidumbre, porque la comunicación fue nula y no se sabía con certeza qué estaba ocurriendo. La angustia creció al saber que el hotel se encontraba en su aforo máximo, con todas sus habitaciones ocupadas por turistas extranjeros, entre ellos también familias.
La evacuación fue un reto: muchos de esos huéspedes tuvieron que retornar de urgencia a Cartagena, mientras que otros fueron reubicados en hoteles de la zona cercana. Nos sentíamos impotentes, pero no quisimos quedarnos de brazos cruzados. Hablamos con quien estaba allá, averiguamos quién llevaba agua, quién intentaba contener las llamas.
La bomba interna del hotel no funcionó, y el viento lo hizo todo más voraz. Varias cabañas del sector quedaron incineradas: Dos Aguas fue uno de los puntos golpeados. Sentí que el mundo se fracturaba imaginando el dolor de quienes trabajaban allí, de quienes confiaron en ese proyecto; me rompía el pecho.
Pero este incendio no solo destruyó estructuras: desenmascaró un abandono profundo. San Onofre, y en particular Rincón del Mar, llevan décadas con carencias —falta de gestión pública, pocas infraestructuras, recursos escasos. En medios se ha informado que el municipio carece de un cuerpo de bomberos propio, que las motobombas enviadas no respondieron y que el acceso al sector afectado (La Punta) es tan frágil que los carros de bomberos no podían ingresar con facilidad.
La indignación explotó como una chispa encendida, ya que la historia se repitió por segunda vez. El primer incendio de gran magnitud en Rincón del Mar ocurrió el 3 de marzo de 2011, cuando un voraz fuego arrasó con 36 casas y 14 cabañas turísticas, dejando a 50 familias damnificadas en una de las emergencias más graves para la comunidad.
Entonces creo que la pregunta es clara para todos, incluyéndome: ¿Por qué nunca ha habido un plan claro de contingencia frente a estas situaciones? Ha sido la comunidad quien ha enfrentado con sus propias manos estas emergencias.
Según algunos reportes locales, la comunidad enfurecida confrontó a la alcaldesa y otros funcionarios, incluso a pedradas, acusándolos de negligencia y abandono. No era solo rabia por las pérdidas materiales, sino rabia por sentirse eternamente olvidados.
Quiero que la gente sepa que Dos Aguas no era solo un hotel bonito frente al mar: tenía alma. Fue un espacio de amor, de tranquilidad y de respeto hacia la naturaleza. Un lugar que les regaló a muchas personas los mejores recuerdos de su vida: cenas bajo las estrellas, atardeceres que parecían pinturas y momentos de silencio que se quedaban en el corazón.
Además, la Fundación Dos Aguas, ligada al proyecto, trabajaba en educación, oportunidades para niños y jóvenes y en rescate animal, buscando poner un granito de cambio social en el territorio. Todas esas iniciativas quedaron en pausa: los empleados quedaron sin empleo mientras el hotel reconstruye, el programa social paralizado.
En sus redes han habilitado canales para donaciones: “para respaldar a nuestros 25 colaboradores durante la reconstrucción” y “mantener vivas las becas y el programa educativo de la Fundación”.
No quiero que esta columna se quede en el dolor, ni en el reproche sin retorno. Quiero que sea un llamado a la acción. Si algo podemos hacer es unirnos. Te invito a visitar las redes sociales de Dos Aguas Lodge y la Fundación Dos Aguas, informarte de la campaña de donaciones y sumarte al renacer de ese sueño que tantos quisieron ver crecer.
El fuego tocó la orilla, pero no pudo apagar la esencia. Así como el mar vuelve una y otra vez a besar la arena, estoy convencida de que este proyecto renacerá con más fuerza, con más amor y con la certeza de que en el rincón más lindo de Sucre, la vida y la esperanza siempre encuentran cómo volver a florecer.