Con la cruz a cuestas.

Seis años después, en la misma época previa a Semana Santa, la pesadilla regresa. Al mencionar esta bendita semana, solo puedo decir que esta cruz pesa, y pesa bastante. Ha sido un camino largo y tormentoso, llevando la cruz a cuestas y, aunque un poco más familiar que la primera vez, el dolor se siente más profundo; se suman la decepción, la rabia y la impotencia.

A pesar de este cruce de sentimientos, como me dijo mi guía espiritual, es el momento de sacar la casta, de honrar el apellido, de guerrear la vida con fortaleza y firmeza, con la frente en alto.

No soy abogada, afortunadamente, tampoco periodista, pero creo que hay un sentido común, una lógica que aplica en la mayoría de las ocasiones. Hace tiempo le comenté a mi hermana menor, comunicadora social, que, aunque comprendo que los medios son el cuarto poder, no entiendo por qué el afán de vender los nubla. Hagan un ejercicio sencillo de leer titulares y el desarrollo de las respectivas noticias.

Me atrevo a decir que, en una gran proporción, el titular no encaja en absoluto con la información brindada o, peor aún, la información sale tergiversada y los comentaristas no saben qué es lo que están diciendo.

No soy nadie para juzgar; para eso está la conciencia de cada uno, Dios y su divina justicia y providencia. Lo que sí sé, e invito a que lo hagan, es a cuestionarse, a revisar por encima y a comparar sentencias similares donde, con los mismos argumentos y pruebas más contundentes, absuelven a unos y a otros no; los invito a leer el salvamento de voto de un magistrado que refuta, con impotencia y de manera certera, a sus colegas diciendo que no hay motivos en contra de mi papá; los invito a ver un video en el juicio donde un perito contable de la Procuraduría General de la Nación se aflige y le tiembla la voz al decir que lo que está diciendo no cuadra con lo que escribió; los invito a revisar el principio de oportunidad que la justicia colombiana incentiva de manera perversa fortaleciendo la cultura de “ser pillo paga”.

Llevo un buen tiempo haciendo preguntas sin aparentes respuestas lógicas y, probablemente, en esta vida no logre obtener ninguna.

Para quienes somos católicos, creyentes y practicantes, la única opción en estos momentos es aferrarse a Dios. Claro, mi fe tambalea, dudo de Dios, pero aun así, por mi papá, quiero ser fuerte.

Hoy no tengo por qué esconderme, no tengo por qué bajar la mirada; al contrario, que agachen la cabeza los mentirosos e injuriosos, los “disque amigos” que, para salvarse, mencionaron el nombre de mi papá y lo mancharon.

Ya casi todo lo humanamente posible se hizo y, como alguien cercano me dijo, hay que ver este sufrimiento como un paso más en la escalera al cielo.

En esas diocidencias en las que creo, en esas miles de maneras en las que Dios nos habla, justo el “Día D” fui a misa con mi mamá; la primera lectura hablaba de Susana, una persona inocente que fue condenada injustamente. ¡Qué gran casualidad!

Quisiera hacer una cruzada como esas donde uno ve a los familiares de inocentes condenados viajando por el mundo, reuniéndose con líderes poderosos para hacer justicia y limpiar el nombre. O como me dijo una prima, hagamos huelga de hambre o recojamos firmas. Por mil motivos no puedo hacerlo, por eso acudo a mis letras; con una sola persona que me lea y me crea, me basta.

P.D.: Gracias a quienes, como dice el dicho, en las buenas y en las malas, han estado ahí, en especial, a mi familia y amigas.

 

 

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