Recuerdo la mañana del 17 de enero de 2001. En Sincelejo, los aplausos y los piropos caían como pétalos sobre las candidatas al reinado popular del 20 de enero: era el desfile en traje de baño. El sol brillaba sobre las piscinas del viejo Club Campestre, hoy convertido en centro comercial, la farándula local reía, ajena al dolor que, a esa misma hora, despertaba en las entrañas de los Montes de María.
Cubría el evento para Noticias RCN Televisión junto a mi compañero Jaime Vides cuando recibió una llamada que le heló el rostro. Me dijo, casi en susurro: “Vámonos. Hubo una masacre en Chengue. Dicen que hay más de veinte muertos”.
En segundos, la noticia se regó como pólvora: los micrófonos se apagaron, las cámaras se empacaron y los periodistas salimos en estampida. La belleza quedó atrás. El horror nos llamaba.
Subimos a una camioneta cualquiera que nos llevara hacia Ovejas y, desde allí, hacia Chengue. Al aproximarnos al caserío, la selva espesa parecía escupir ráfagas de fuego desde el cielo. Un helicóptero Black Hawk disparaba contra las colinas. Nos lanzamos al suelo, refugiándonos tras las llantas de los carros detenidos por los infantes de Marina. Nos gritaban que no podíamos pasar, que había enfrentamientos, que nuestras vidas corrían peligro.
Pero nadie retrocedía. Porque cuando la muerte llama, el periodismo no se esconde.
Con mi cámara al hombro grabé lo que pude: el helicóptero disparando, los soldados corriendo, el caos. A escasos 500 metros del epicentro de la masacre, el silencio se rompía con un lamento desgarrador que me arrastró hasta una casa de palma y bahareque.
Allí, una madre se deshacía en llanto sobre dos cuerpos cubiertos con sábanas blancas. Eran sus hijos, estudiantes recién llegados de la universidad en Barranquilla. Habían venido de vacaciones. Solo unos días. Solo unos días… y ya nunca volverían.
Su apellido lo recuerdo con una claridad dolorosa: Meriño. Ese apellido se me incrustó en la mente y, cada vez que lo escucho, me devuelve sin piedad a Chengue.
Las autoridades no nos permitieron el paso al pueblo. A las seis de la tarde nos devolvimos con lo poco que pudimos grabar. Enviamos el material a Bogotá a través del viejo sistema de microondas de Telecom (Empresa de Telecomunicaciones).
La noche cayó sobre Sucre con el peso de veintisiete cadáveres que, según testigos, a medianoche fueron trasladados del corregimiento de Chengue al municipio de Ovejas en volquetas, como si fueran escombros y no seres humanos.
Pero el periodismo no duerme.
A las cuatro de la madrugada del día siguiente, mientras la mayoría aún descansaba, salimos de nuevo. En el camino hacia Chengue vi una escena que no he podido olvidar: familias enteras caminando con gallinas, sillas, maletas, enseres y niños en brazos. Era una mudanza de pies descalzos y corazones rotos.
Cuando les pregunté hacia dónde iban, la respuesta fue un puñal:
“A buscar vida, porque en Chengue ya no hay”.
Al llegar al pueblo, no encontramos humanos, sino sus ecos. Solo perros ladrando, gatos maullando, aves inquietas y casas vacías. Las paredes estaban chorreadas con sangre seca, como si la violencia hubiera decidido dejar su firma.
En una piedra grande, una mancha oscura aún se escurría lentamente hacia abajo. Era la piedra del martirio. La llamaban “el computador”.
Según testigos, los paramilitares de las AUC (Autodefensas Unidas de Colombia) llegaron a la una de la madrugada, identificándose sin temor. No dispararon. No gritaron. Solo tocaron las puertas una por una y sacaron a los hombres de sus camas.
Uno a uno, fueron golpeados con una “mona”, un martillo grueso. El comandante del grupo, acompañado por una mujer, repetía con frialdad:
“Llévalo al computador, a ver si aparece su nombre”.
Y allí, sobre esa piedra, sin juicio ni defensa, los ejecutaban.
Grabé todo lo que pude: testimonios, lágrimas, sangre, miedo en cada rincón. Claudia Gurisatti dedicó un programa entero en “La Noche” a nuestro reportaje. Nos felicitaron. Pero yo no podía celebrar.
Esa noche, en casa, frente al televisor, me derrumbé. El dolor que contuve mientras grababa se me vino encima como un alud. Lloré como los padres que perdieron a sus hijos. Lloré como la madre de los Meriño. Lloré por no haber podido hacer más.
Hoy, 25 años después, la vida intenta florecer de nuevo en Chengue. Algunos de sus antiguos habitantes han regresado. Han reconstruido sus casas y su dignidad. Pero la historia se partió en dos. Porque el 17 de enero de 2001, la muerte entró por la puerta de cada hogar y se quedó a dormir.
Esta crónica busca memoria, busca verdad y, con humildad y respeto, busca ponerle rostro al olvido.
Que nunca más se repita Chengue. Que nunca más la piedra del computador tenga que decidir quién vive y quién muere. Porque contar esta historia también es una forma de justicia. Y tal vez, de redención.
En memoria de las víctimas y sus familiares.


