¿Carolina Corcho o Sergio Fajardo?

En un momento histórico en el que el Congreso y los grandes medios de comunicación han causado más daño que beneficio al país, es urgente que la ciudadanía despierte, se informe y asuma su papel como fuerza transformadora. Colombia no puede seguir siendo rehén de la manipulación, el engaño y el miedo sembrado por quienes, desde el poder, han impedido su avance.

Somos una nación herida por la violencia, corrompida por una élite política insensible y traicionada por medios que renunciaron a su deber. Hoy, televisión, radio y periódicos como El Tiempo y El Colombiano —históricos aliados del poder tradicional— se han convertido en opositores feroces del actual gobierno, sin voluntad alguna de reconocer sus aciertos ni permitirle gobernar con libertad.

Durante más de dos siglos, esos medios acompañaron sin pudor a una derecha que concentró privilegios y despreció al país profundo. Pero cuando llega al poder un gobierno con visión social, liderado por la izquierda, desatan una ofensiva sin tregua, alimentando la polarización y distorsionando la verdad.

El Congreso, por su parte, ha demostrado un nivel de cinismo alarmante. Elegidos por un pueblo que exige cambio, muchos de sus miembros hoy bloquean sistemáticamente las reformas sociales más urgentes: la salud, las pensiones, la justicia tributaria. Tal vez temen que se demuestre que sí se puede gobernar distinto. Tal vez les asusta que el pueblo, por fin, se involucre de forma activa en la defensa de sus propios derechos.

“Patria, te adoro en mi silencio mudo y temo profanar tu nombre santo.”

Nos toca reconstruir una Colombia mancillada por los partidos tradicionales —el Liberal y el Conservador— que, por décadas, se repartieron el poder, sembraron guerra y olvidaron a los campesinos, a los pueblos y a las periferias. Fueron ellos quienes abonaron el terreno para el surgimiento de una de las guerrillas más violentas del continente. Las FARC no nacieron por azar, sino como respuesta a un Estado que negaba la justicia y concentraba la riqueza.

El Partido Liberal, que más presidentes ha puesto, hoy es un cadáver político, cuyo último hálito de legitimidad provino del dolor del país: el asesinato de Luis Carlos Galán. En medio de ese duelo nacional, su hijo, Juan Manuel Galán, terminó entregando las banderas del galanismo a César Gaviria, quien capitalizó políticamente esa tragedia. Aquel ascenso no fue por méritos, sino por el impacto emocional de una nación adolorida. Un episodio que marcó un punto de quiebre: el ideario de renovación quedó en manos de un sistema que no estaba dispuesto a transformarse.

¿Y los conservadores? Nunca se opusieron a nada; siempre se contentaron con la burocracia.

Hoy emergen dos precandidaturas que podrían representar una nueva esperanza: Carolina Corcho, del Pacto Histórico, y Sergio Fajardo, exalcalde de Medellín. Ambos son figuras con ideas claras, pero desde ya son blanco de ataques.

A Fajardo lo llaman “pecho frío”, sin recordar que la derecha aplaudió a presidentes mediocres como Julio César Turbay —el del Estatuto de Seguridad, que obligó a Gabriel García Márquez a exiliarse—; a Virgilio Barco —quien pasó sin pena ni gloria—; y a Andrés Pastrana —el del fallido proceso del Caguán—, que hoy, con cinismo, propone un “frente unido” para perpetuar los mismos intereses de siempre.

Fajardo, con sus luces y sombras, está muy por encima de esos personajes.

Y Carolina Corcho, cuestionada por ser mujer, por ser crítica, por ser de izquierda, representa una visión profundamente humanista que incomoda a quienes nunca han tenido que mendigar salud ni educación.

En México, Claudia Sheinbaum Pardo —también de izquierda, también mujer— lidera hoy con solvencia una nación entera. Está preparada, es elegante y gobierna con firmeza. ¿Por qué no podríamos tener algo similar en Colombia?

Finalmente, es importante señalar que el Congreso, con clara mala intención, bloqueó la ley de financiamiento, obstaculizando el plan de inversión del Ejecutivo. Archivaron la reforma a la salud, la reforma pensional y solo aprobaron la reforma laboral para contener el descontento popular.

Lo hicieron para evitar que el pueblo se tomara ese pilar esencial de la democracia que aún conservamos: la movilización social.

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