Cárceles para menores de edad: ¿Populismo punitivo?

“Y no os toméis la justicia por vuestra mano, queridos míos; dejad que sea Dios quien castigue” (Romanos 12:19).

Hacerles creer a los colombianos que nuestros problemas sociales se van a arreglar endureciendo las sanciones penales, es decir, aplicando tiempo en las cárceles por la comisión de delitos, eso es una gran mentira; más que grande, es vergonzosa.

Eso simplemente nos indica la clase de sociedad que somos: enfermos que, ya no contentos con lo que hay, estamos dejando a la deriva a nuestros menores de edad. No enseñamos valores familiares. No hay respeto en casa delante de ellos; menos en la calle.

No tiene un ejemplo a seguir, no tiene a quien imitar. ¿Qué le depara a esta pobre juventud agobiada y dolida, sin interés por estudiar, por salir adelante, sin quien los aconseje, porque hoy son más inmaduros los padres que los hijos?

El debate se profundiza cada día más, hoy con ocasión de la muerte de Miguel Uribe Turbay, asesinado por un menor de edad, sí, asesinado.  Nuevamente reaparece el debate de si los menores de 14 años deben ser responsables por la comisión de homicidios; lo malo es que este debate se reabre en la víspera de unas elecciones legislativas y no faltarán los avivatos que ofrezcan cadena perpetua, pena de muerte, etc., con tal de conseguir el favor popular, que no es más que un engaño al elector, porque eso está prohibido por la Constitución Política.

 ¿Creen ustedes que la solución a este problema es aumentar las penas? Muchos dicen que lo más acertado es la cárcel. Penas más largas sin beneficios penales, no domiciliaria, no rebaja de penas por estudio y trabajo; no preacuerdos, no negociaciones.

Pero ese discurso que hoy se vende en la previa de elecciones, que puede resultar tranquilizador para algunos, es absolutamente engañoso para esta sociedad que está enferma por el odio y el resentimiento y que no se logrará sanar con más cárceles.

Este país debe tener un poco más de 170 mil personas privadas de la libertad, con un hacinamiento desbordado.   ¿Esto les dice algo? El país sigue igual o peor; la inseguridad no disminuye. La ecuación es clara: más cárcel no significa menos delitos. Y, sin embargo, el populismo punitivo insiste en vender la ilusión de que el castigo es la cura.

Qué buen ejemplo estamos dando hoy: los menores pasaron de ser víctimas a victimarios; es por ello que las estructuras criminales tienen conocimientos claros de que el sistema de responsabilidad penal para adolescentes es demasiado laxo; es más un momento de relajación para los infractores que la posibilidad de rehabilitar o resocializar a estos para que no reiteren las infracciones.

Son más fáciles de persuadir, convencer y vincular, porque en sus entornos carenciados, algunas veces por la falta de recursos económicos para satisfacer necesidades básicas y otras veces por la falta de presencia de padres o adultos responsables, o los entornos que los circundan. Lujos, celulares, zapatillas, ropa, armas, motos, etc. Son el blanco más fácil para el reclutamiento en actividades sencillas para ellos, campaneros, expendedores, sicarios o “mulas”.

El joven ve un patrón de conducta en sus mayores, los quiere imitar y, cuando no puede, viene el desastre: se rebelan, actúan por su cuenta sin aceptar los consejos o las órdenes de los mayores. Los jóvenes no nacen siendo delincuentes; se hacen por las influencias de su entorno.

O es mentira que muchos chicos crecen en barrios sin oportunidades, sin escuela de calidad, sin empleo para sus familias y con la violencia como paisaje cotidiano. Frente a eso, el crimen ofrece lo que el Estado niega: ingreso, pertenencia, futuro inmediato, y con la adrenalina a mil por querer simpatizar y encajar con sus pares y, por supuesto, ganar respeto por sus acciones delictivas.

EL Estado, para mantener reposada a la muchedumbre, dirá que lo más efectivo será endurecer sanciones, bajar la edad penal, tratarlos como adultos. Pero esa lógica solo condena a los jóvenes a perpetuar el corto ciclo de vida que ellos tienen.

Existe evidencia empírica de que un adolescente que entra al sistema carcelario no sale rehabilitado: sale más estigmatizado, con menos opciones legales y con mayores vínculos criminales.

Lo que se necesita es que demos más oportunidades a nuestros jóvenes, ya que con estos altos niveles de pobreza y de pobreza extrema que tenemos en este país, resulta muy predecible saber que este espiral de violencia se mantendrá.

La única opción que tenemos para arreglar el desastre es la de ocupar con calidad a nuestros jóvenes. Que realmente se dé una inversión en educación, en deportes, en programas culturales, en buscar formas para generar empleo digno y promover el emprendimiento.

Este país tiene mucho talento, somos innovadores, entonces, ¿por qué el Gobierno no traza como política pública algo sostenible en el tiempo y no que estemos al vaivén de las vanidades de los que gobiernan el Estado? Buscar la forma de tener entornos familiares seguros es mucho más efectivo que cualquier reforma punitiva; paradójicamente, los que violan a los niños conviven bajo el mismo techo y nadie los defiende.

Debemos replantear lo que hacen algunas instituciones que presuntamente protegen los derechos de los menores, brindar más herramientas que impacten la protección y el cuidado de estos.

Bajo el calor, la rabia y el dolor, el populismo castiga lo visible; pero la verdadera política pública transforma lo invisible. Miren lo paradójico: Miguel Uribe Turbay quería transformar lo invisible y fue asesinado por un menor de edad que tenía falta de oportunidades, un hogar disfuncional, malas amistades… Qué cosas dolorosas tiene la vida.

Debemos quitarnos la falsa creencia cuando los Gobiernos fanfarronean con que tienen a no se cuántos presos. Eso es símbolo inequívoco del más absoluto fracaso.

¿Cuándo le exigiremos al Gobierno que nos diga cuántos niños protegió o sacó de la pobreza? ¿A cuántos tiene en la escuela con desayuno, almuerzo, cena, libros y acceso a la universidad? Así es como se mide el desarrollo de un país. No por los presos que tiene.

Hoy somos una sociedad de fracasados; eso me incluye. No hemos podido evitar que los niños estén dentro de las organizaciones criminales. Duele decirlo, pero el fracaso es total; fracasa la familia, el barrio, el municipio, el departamento, el Gobierno Nacional, todas las instituciones creadas para proteger a los chicos.

Por esta razón, cuando vean a un menor cometiendo delitos, juzgado, castigado o muerto, miremos al espejo y veamos lo que no fuimos capaces de hacer como sociedad, como país.

La trampa del corto plazo

¿Por qué entonces persiste la obsesión con aumentar penas? Porque es políticamente rentable. Construir escuelas o programas de prevención toma años; llenar titulares con promesas de cárcel toma segundos. El populismo punitivo alimenta la sed de venganza, pero no construye futuro.

El verdadero reto es más incómodo: invertir en largo plazo, aunque no dé votos inmediatos. Cambiar la lógica de la reacción por la de la prevención. Entender que la justicia no es solo castigo, sino también reparación e inclusión.

Una reflexión necesaria

Colombia no necesita más barrotes: necesita más derechos garantizados. No se trata de ser condescendientes con el crimen, sino de ser inteligentes frente a él. Un país que encierra a sus jóvenes se encierra también a sí mismo en un ciclo de violencia interminable.

El incremento de sanciones penales no es la solución. La solución es un país donde ningún niño tenga que elegir entre delinquir o morir de hambre, donde la educación y la dignidad valgan más que la ilegalidad.

El dilema está frente a nosotros: ¿queremos seguir encarcelando futuros o queremos atrevernos a construirlos?

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