Entre el jueves 30 y el viernes 31 de octubre, Bogotá celebró el Día Mundial de las Ciudades y, por unas horas, se convirtió en un escenario global donde el urbanismo volvió a hablar de lo esencial: la calidad de vida. Bajo el lema “Ciudades inteligentes centradas en las personas”, ONU-Hábitat y el Distrito reunieron a arquitectos, planificadores y gestores para pensar cómo hacer ciudades más humanas, resilientes y habitables.
La agenda de los dos días fue prometedora, esperanzadora y, sobre todo, inspiradora. El primero en tomar la palabra el jueves fue Craig Dykers, cofundador del estudio Snøhetta (EE. UU./Noruega), con la conferencia “Diseñando ciudades para vivir”. Dykers habló del diseño como acto de empatía. Mostró ejemplos de cómo la arquitectura puede reconciliarse con el entorno y la naturaleza, dejando espacio para el aire, el agua y el encuentro. “Las ciudades deben diseñarse para vivir, no solo para verse bien”, dijo. Su mirada combina arte, naturaleza y tecnología, y nos recuerda que el buen diseño no impone, acompaña y complementa. Que un andén bien hecho, un árbol bien ubicado o una vista al río pueden ser más transformadores que una gran obra.
Luego vino Peter Bishop, exdirector de planeación de Londres, con su charla “Revitalización y gobernanza urbana”. Fue una conversación sobre la confianza y la adaptación. Bishop definió la planificación urbana como un proceso inacabado: “Nunca completa, siempre adaptándose”. Para él, gobernar la ciudad no es controlarla, sino aprender a escucharla y corregir el rumbo cuando sea necesario. Al final remató diciendo que los urbanistas, planificadores y gestores urbanos: “No hacemos ciudades, diseñamos condiciones para que la gente viva mejor”.
También se realizaron recorridos por proyectos del centro que hoy muestran una Bogotá que, aunque aún desigual, avanza en integrar vivienda, espacio público y naturaleza. No fue solo un congreso: fue una ciudad mirándose al espejo y asumiendo que su tarea nunca termina. Fue una vitrina para la ciudad que atrajo a los mejores urbanistas del momento, a quienes las grandes capitales del mundo han confiado su desarrollo.
Aunque no logré asistir al resto de conferencias, los invitados internacionales siempre enriquecen el debate y, aún más, nos muestran que es posible lograr construir mejores ciudades para todos. Una y otra vez vuelve la pregunta: ¿Por qué acá no se logra lo que vemos en otras ciudades? ¿Por qué todo es tan lento, difícil y burocrático? No hay voluntad política que valga cuando las barreras se imponen por todos los lados.
Afuera, sin embargo, la otra Bogotá seguía latiendo. Ese mismo jueves, marchas, bloqueos y protestas cruzaban las calles. Mientras adentro se hablaba de gobernanza y futuro, afuera la gente expresaba sus reclamos por medidas que, aunque drásticas y radicales, eran necesarias. Un contraste tan nuestro como inevitable. La ciudad planificada y la ciudad vivida chocando, coexistiendo, complementándose.
Y quizás ahí está la lección más profunda del Día Mundial de las Ciudades: que la ciudad no es solo infraestructura ni política pública; es un organismo en movimiento, lleno de contradicciones, de tensiones y de afectos. Porque al final, como dijo Bishop, las ciudades siempre están en proceso de adaptación. Y qué bueno que así sea.