En su más reciente columna de opinión publicada en El Tiempo, titulada “Los pusilánimes”, Germán Vargas Lleras conminaba a los ciudadanos y a los líderes políticos colombianos a que “no es momento de callar, no es momento de pasar de agache bajo el eufemismo de no confrontar y de no polarizar”, advirtiendo que llegó la hora de actuar y de enfrentarse —como lo dice en sus propias palabras— “con firmeza y sin vacilaciones” al nefasto gobierno de izquierda del presidente Gustavo Petro Urrego.
Precisamente, fue la pusilanimidad de algunos miembros de su partido, Cambio Radical —Ana María Castañeda, Didier Lobo y Temístocles Ortega—, la que encendió la ira vargallerista, al no acatar los direccionamientos de su colectividad ni honrar los acuerdos políticos asumidos por la bancada frente a los intereses del Gobierno Nacional. El exvicepresidente, cansado de las burlas legislativas, no dudó en llevarlos al paredón ante el Consejo de Control Ético del partido.
Los compañeros de escape de la senadora Ana María Castañeda no son ningunas peritas en dulce, pues ambos están bajo investigación de la Corte Suprema de Justicia: el senador Didier Lobo por enriquecimiento ilícito y Temístocles Ortega por irregularidades en un contrato del aeropuerto del Cauca.
Desde que el Partido Cambio Radical se constituyó en partido de oposición al Gobierno Nacional, la senadora Ana María Castañeda escapó de la foto oficial que enmarcaba el distanciamiento legislativo de su colectividad, precisamente para no aparecer en el grupo opositor. La explicación de su ausencia puede resumirse en una célebre frase de Poncho Zuleta: “Porque la sangre llama» y es más espesa que la «disciplina partidista”.
La filiación y parentesco de su esposo, el excandidato a la Gobernación de Sucre y actual diputado por el disuelto partido En Marcha, Mario Fernández Alcocer, con la primera dama Verónica Alcocer terminó siendo la guaya que jaló con más fuerza la voz y el voto de la “carismática” congresista sucreña, más que la propia bancada de su partido. Una colectividad que hoy no solo la castiga por traición —con sanciones éticas y disciplinarias—, dejándola sin voz y sin voto, sino que además la denuncia penalmente, por prevaricato por acción, abuso de autoridad y fraude procesal, ante la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia.
Este es el dilema: “Traicionar o ser leal, esa es la cuestión”, que se ha convertido en el nudo ciego (Vargas – Alcocer – Petro) para la congresista, ya abiertamente entregada al proyecto progresista. Un proyecto que se mostraba vargallerista por fuera, pero petrista hasta en los tuétanos. Un acto desinteresado de amor y unión familiar, y de coherencia filial más que de coherencia ideológica.
Ya es un hecho notorio, por sus actos políticos, que Ana María Castañeda no comparte ni la ideología, ni la visión de país, ni los objetivos comunes de su partido Cambio Radical. Sin embargo, no puede olvidar que su credencial representa a una colectividad seria e institucionalizada que cuenta con varios de sus miembros dentro de la misma corporación pública —el Senado—, por lo que está sujeta, conforme a la ley y a los estatutos del partido, a acatar las orientaciones coordinadas de su grupo político, salvo en aquellos temas que sean considerados de objeción de conciencia.
Esta semana, la segunda vicepresidenta del Senado se jugó su capital político durante el trámite de la elección del nuevo magistrado de la Corte Constitucional, pasando por encima de las decisiones de su partido Cambio Radical y con la anuencia de los incoherentes —entre dimes y diretes— del Consejo Nacional Electoral, que acoge y desacoge la medida cautelar que le permitía a Castañeda votar en dicha elección. Todo terminó en un desgaste mediático, pues la aspirante a magistrada apoyada por Petro se ahogó en la votación.
El caso de Ana María Castañeda no es solo una anécdota política: es la radiografía de un sistema en el que la sangre pesa más que las ideas, los lazos familiares pesan más que los principios, y la conveniencia personal – prebendas burocráticas – desplaza la lealtad partidaria.
En su puja por ser a la vez esposa leal, congresista influyente y aliada del petrismo, ha terminado convertida en símbolo de lo que carcome a la política colombiana: la incoherencia disfrazada de pragmatismo.