Amenazar a una mujer en política es amenazar la democracia

He vivido en carne propia lo que significa ser amenazado, sentir el peso del miedo que te quita el sueño, sobrevivir a un atentado que te recuerda a cada segundo lo vulnerable que puedes llegar a ser por el simple hecho de alzar la voz.

Por eso, lo que hoy le ocurre a la concejala Valentina Chamorro Corena, en Toluviejo, no me es indiferente: me atraviesa, me duele y me indigna.

Rechazo enérgicamente la violencia política que se ejerce contra las mujeres, más aún cuando se trata de una concejala joven que ha tenido la valentía de denunciar, de exigir soluciones y, sobre todo, de proponer alternativas para transformar su municipio.

En un país que necesita nuevas voces, la amenaza no solo busca silenciarla a ella, sino sembrar miedo en toda una generación de liderazgos.

Me asombra profundamente la ausencia de una reacción en masa de las mujeres políticas en Sucre. El silencio cómplice, la indiferencia o el simple cálculo electoral no pueden estar por encima de la vida. Frente a esta amenaza, quiero resaltar el apoyo que le ha brindado la gobernadora Lucy García, un gesto que demuestra que sí es posible acompañar y respaldar sin titubeos.

Exijo garantías de protección reales y efectivas para la concejala Valentina Chamorro. No basta con oficios, ni con promesas de papel: hablamos de una vida que está en riesgo. Y a las congresistas, a quienes hoy representan las banderas de las mujeres en los escenarios nacionales, les recuerdo que la sororidad no se declama, se ejerce. Se ejerce con actos concretos, con palabras de aliento, con solidaridad tangible y no solo con discursos en el Congreso.

No podemos olvidar a Karina García, la joven candidata a la Alcaldía de Suárez, Cauca, brutalmente asesinada en 2019 junto a su madre y varios acompañantes. Su crimen estremeció al país y puso en evidencia la crudeza de la violencia política que sigue arrebatando sueños, sobre todo a las mujeres que se atreven a disputar el poder en territorios dominados por el miedo. Karina representaba la esperanza de una nueva generación que quería transformar desde lo local, y su vida fue truncada por quienes no toleran la voz femenina en la política.

Recordar su nombre es también recordar a todas las mujeres que han sido silenciadas por las balas, pero que siguen vivas en la memoria de sus pueblos y en la lucha de quienes creemos en una democracia real.

Cada asesinato es un golpe a la vida, pero también una señal de que necesitamos rodear, cuidar y respaldar a las mujeres que participan en política. Porque cuando una mujer es asesinada por atreverse a liderar, no solo se apaga una voz: se apaga un futuro colectivo.

Pero este llamado no es solo a las instituciones. Es también a la ciudadanía de Sucre. No dejemos sola a Valentina. Su voz es también la nuestra, su lucha refleja las esperanzas de un territorio cansado de la corrupción y la violencia.

Cada vez que una mujer en política es silenciada, perdemos como sociedad. Rodearla, cuidarla y respaldarla es también defender nuestra democracia y el derecho a vivir sin miedo.

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