Administrar el Atraso

Las ciudades que no entiendan el valor estratégico de la información, la tecnología y el conocimiento terminarán condenadas a sobrevivir administrando el atraso.

«Quizá los gobiernos necesiten inventar impuestos totalmente nuevos, tal vez un impuesto sobre la información (que será, al mismo tiempo, el activo más importante de la economía y la única cosa que se intercambie en numerosas transacciones). ¿Conseguirá el sistema político lidiar con la crisis antes de quedarse sin dinero?» YUVAL NOAH HARARI, 21 LESSONS FOR THE 21ST CENTURY

Mientras el mundo debate cómo gobernar la inteligencia artificial, cómo tributar la economía de los datos y cómo regular la revolución blockchain, en Sincelejo y en muchas otras ciudades intermedias del país, seguimos atrapados en la administración de la urgencia: tapando huecos, maquillando contratos, improvisando soluciones y vendiendo discursos vacíos ante problemas que se acumulan sin solución.

El problema no es, únicamente, la falta de recursos. El problema, el más profundo y más difícil de corregir, es la ausencia de visión.

Harari lo advierte desde la escala global: la información es ya el activo más valioso de la economía contemporánea. Los Estados que no aprendan a registrarla, gestionarla y monetizarla se quedarán sin instrumentos para gobernar lo que tienen. Pero esa advertencia, que suena abstracta en los foros de Davos, tiene una traducción perfectamente concreta en nuestra realidad local.

Sincelejo tiene catastro multipropósito, pero tenerlo no equivale a usarlo bien. La ciudad puede saber qué existe y quién lo posee, y aun así seguir gobernando a ciegas si ese conocimiento no se traduce en decisiones de planificación. El catastro no es, o no debería ser un simple instrumento de recaudo: es la base sobre la cual se orienta la inversión pública, se identifican las vocaciones del suelo, se captura la plusvalía generada por la acción del Estado y se le responde con datos concretos a una ciudadanía que exige cuentas. Sin ese uso estratégico, tenemos información sin inteligencia territorial.

El atraso no es una condición natural. No nació con el territorio. Es el resultado acumulado de decisiones o de la ausencia de ellas. De administraciones que no planificaron, de élites que prefirieron el control sobre el progreso, de una cultura política que convirtió la urgencia en método de gobierno y el clientelismo en sustituto de la política pública.

Pero el atraso, como deuda, genera intereses. Y tarde o temprano, pasa factura. Una factura costosa en competitividad, en oportunidades de inversión que se van a otra parte, en empleo que no llega, en institucionalidad que se erosiona y en futuro que se hipoteca antes de construirse.

La pregunta no es si podemos permitirnos invertir en catastro, en sistemas de información territorial, en planificación estratégica. La pregunta correcta es si podemos permitirnos seguir sin hacerlo. Porque en la economía del conocimiento, el territorio que no se conoce a sí mismo no puede ser gobernado, y el territorio que no puede ser gobernado no puede ser desarrollado.

El pregunta si el sistema político logrará lidiar con la crisis antes de quedarse sin dinero. En Sincelejo, la pregunta es más urgente aún: ¿logrará la ciudad entender que su mayor crisis no es fiscal, sino epistemológica? ¿Que el problema no es solo cuánto dinero tiene, sino cuánto sabe de lo que tiene?

El catastro multipropósito, hoy en disputa nacional entre quienes ven en él una herramienta de desarrollo y quienes lo leen como amenaza a intereses establecidos, no es un tema técnico de segunda categoría. Es la columna vertebral de cualquier proyecto serio de gobierno territorial. Es la diferencia entre un municipio que improvisa y uno que planifica. Entre uno que reacciona y uno que dirige.Y sin esa base, todo lo demás, los planes de desarrollo, los POT, los proyectos de inversión, los discursos de modernización, son arquitectura de fachada sobre cimientos de barro.

Administrar el atraso es una opción política. No es inevitable.

No es el único camino disponible. Pero exige algo que ha escaseado en nuestra administración local: la voluntad de gobernar con visión, no solo con urgencia.

Las ciudades que comprendan que el conocimiento es infraestructura, que la información es activo público, y que la planificación es inversión no gasto, serán las ciudades que existan con dignidad en el siglo XXI.

Las demás seguirán tapando huecos. Y llamándole gestión.

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