Sin servicio ni derecho

Dijeron que iban a ayudarnos a estudiar, que iban a contratar a los mejores en el Estado y ampliar las oportunidades para todos los jóvenes.

De eso no ha pasado nada y lo que hemos visto es que se ha desdibujado el rol de los consejeros de juventud, se ha perdido la potencia del viceministerio de la juventud, se ha contratado más a los amigos que a los mejores y la economía está tan constreñida que las ofertas laborales tienen remuneraciones poco acordes.

Adicional a todo este panorama desalentador para mi generación, esta semana se dio a conocer que el Ministerio de Educación ha venido quitando subsidios que beneficiaban a más de 130.000 jóvenes para aliviar las deudas que tienen con el ICETEX.

Al inicio de este gobierno vimos con esperanza que Alejandro Gaviria y Mauricio Toro hicieron una apuesta por ayudar a miles de jóvenes que por vocación desistieron del programa Ser Pilo Paga.

Pues por las políticas del mismo, quedaron con una deuda impagable, sin un título profesional y sin la posibilidad de estudiar lo que deseaban. Creímos que era el inicio de un cambio para los jóvenes en la educación, pero desde entonces el gobierno solo ha reducido sus ayudas.

La exministra, Aurora Vergara Figueroa, dijo que el enfoque del gobierno ya no era el de vender la educación como un privilegio, sino propender por ella como un derecho.

Daniel Rojas, actual ministro, siguió por esa misma línea, desfinanciando el ICETEX para crear, con ese mismo dinero, más cupos en las universidades públicas.  Esta idea loable busca fortalecer las instituciones, pero subestima su capacidad y coarta los sueños profesionales de muchos jóvenes, ya que, en las universidades que no están en Bogotá, hacen falta carreras y programas.

Por ejemplo, en Santander o La Guajira no hay programas de Psicología, que debería ser un imperativo para el cuidado de la salud mental que exige el presidente.

Adicionalmente, el ministro asume que todos los graduados tienen condiciones óptimas para pagar las deudas millonarias con la entidad.

Basta entrar a ver las ofertas laborales y sorprenderse con que hay empresas que quieren contratar profesionales con salarios poco acordes. Por lo anterior, los jóvenes deciden apostarle a las empresas que permiten tener colchón para aguantar las deudas, cayendo en call centers que funcionan como escampaderos y que no aportan a su camino profesional.

Algunos jóvenes pasaron de pagar un salario mínimo mensual al ICETEX que, dicho sea de paso, termina abonando a los intereses y no a la deuda real con la entidad, a pagar casi dos o tres.

Esto no solo ahoga financieramente a los jóvenes, quienes ya no pueden pensar en tener una casa propia o un carro, sino que aumenta la insatisfacción general al crear una disonancia con las expectativas de la sociedad y, a su vez, mina las posibilidades de que los profesionales se sigan formando para aportar al país.

¿Cuál es el futuro que nos espera a los jóvenes en Colombia?  Probablemente ninguno.

Pero no solo porque no haya posibilidades para ser, sino porque se ha vuelto imposible soñar aquí.

Probablemente este gobierno cumplirá con abrir más cupos en las universidades públicas, pero ¿es eso realmente transformar la educación y enfocarla en lo que necesita el país? ¿Cuál es el miedo de pensar en alianzas público-privadas? ¿Por qué el cambio que exigíamos para la sociedad nos ha llevado a perder y destruir nuestras posibilidades?  ¿Dónde quedó la apuesta por la juventud?  Nos han dejado sin servicio ni derecho a la educación.

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