Secuestrados por la extorsión

En Sincelejo y en varias zonas del departamento de Sucre, la extorsión se ha vuelto tan común que muchos comerciantes ya la incluyen en sus cuentas como si fuera un gasto más: así como se paga el arriendo, los servicios públicos o la seguridad privada, también se paga “la vacuna”.

Estamos hablando de un delito grave que se ha normalizado peligrosamente, al punto que hablar de extorsión ya no sorprende, ni siquiera escandaliza. Pero debería. Porque este crimen no solo empobrece a quienes lo sufren: también debilita la confianza en el Estado, en la justicia y en la posibilidad de vivir con dignidad.

Desde hace años, la delincuencia organizada ha sembrado el miedo en nuestras calles, barrios y comercios. Día tras día, quienes con esfuerzo sostienen la economía local enfrentan una amenaza constante y silenciosa: la extorsión.

Aunque algunos insisten en maquillar la realidad con cifras o discursos optimistas, los hechos son imposibles de ocultar. La extorsión no solo persiste: está creciendo. Y con ella también aumentan el miedo, la desconfianza y el silencio.

Los rumores —que muchas veces circulan más rápido que las denuncias— apuntan a la consolidación de grupos criminales como el Clan del Golfo y los Norteños, que estarían operando en distintas zonas del departamento, cobrando extorsiones a negocios de todos los tamaños: desde tiendas de barrio hasta reconocidos establecimientos. Lo más grave es que muchos optan por pagar antes que denunciar, porque no creen que el Estado tenga la capacidad de protegerlos. ¿Y cómo culparlos? Cuando en varias zonas de Sincelejo el Estado no está llegando con la contundencia que se requiere.

Como representante del pueblo sucreño, me preocupa profundamente que se siga vendiendo la imagen de una ciudad segura, mientras la ciudadanía vive otra realidad: una donde se ha vuelto común mirar hacia otro lado, callar por miedo o simplemente resignarse. No podemos seguir permitiendo que las bandas criminales impongan su ley mientras las autoridades responden solo con comunicados y ruedas de prensa.

Desde el Congreso he insistido en la urgencia de reforzar la presencia del Estado: con más pie de fuerza, inteligencia efectiva y, sobre todo, con una articulación real entre la Fiscalía, la Policía y los gobiernos locales. Pero más allá de los recursos, lo que se necesita es voluntad política para enfrentar sin titubeos a estas redes criminales que han ganado terreno por la falta de acción decidida.

No podemos permitir que Sincelejo y Sucre sigan secuestrados por el miedo. No podemos resignarnos a que nuestros emprendedores y comerciantes tengan que pagarle a delincuentes por el simple derecho a trabajar. Es momento de enfrentar esta realidad con seriedad.

Desde aquí hago un llamado urgente a todas las autoridades competentes: no subestimen este problema. No ignoren el poder corrosivo del miedo cuando se instala en la vida cotidiana. Porque cuando un pueblo tiene miedo, pierde su libertad. Y Sincelejo no merece vivir de rodillas ante el crimen.

Es hora de actuar. Es hora de recuperar nuestra ciudad. Es hora de demostrar que el Estado aún tiene el control.

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