No es muy fácil determinar en un preciso momento de la historia de los pueblos si ya han hecho o no el tránsito hacia la idea de ciudad.
Son muchas las circunstancias sociales, urbanÃsticas, económicas y culturales que influyen para determinarlo, pero podrÃamos pensar en algunas caracterÃsticas que tienen aplicación más o menos universal. Por ejemplo, en un pueblo, todo está a la vuelta de la esquina de sus calles de barro, en invierno, y de polvo en verano, entonces rociadas cada tarde como si fueran jardines.
Las direcciones las damos sin señalar números, pues basta con decir que es al lado o al frente de algo o de alguien; sabemos quién es el conductor del bus y los nombres completos de nuestros vecinos; los estudiantes van a misa con el colegio, al compás de su banda de guerra, y se le lleva serenata a la niña que ya creemos novia porque ahÃ, en el templo, nos miró de soslayo con una luz de esperanza, y luego nos aceptó una malteada en la heladerÃa de don Eligio, aún con sus colochos mojados o nos permitió el intento de un beso en la penumbra de los cines.
En un pueblo, el tiempo anda como el papá de Piero, y un alcalde destituido, un homicidio, un asalto, un desfalco o una violación son noticia de interés capaz de conmover a la sociedad entera; los velorios se hacen en las casas y duran nueve noches, pero a los galleros los velan en el mismo ruedo donde expiran sus gallos.
Es usual que se pida barato en los bailes, y no resulta extraño ver a un señor en trance de caballero cediéndole la acera a una dama. TodavÃa podemos encontrar en las bancas del parque a los viejos contertulios aferrados con nostalgia a sus recuerdos.
Por el aroma marchito de las flores, sabemos que por ahà pasó un entierro.
Es posible que el cajero del banco no le exija mostrar la cédula, que el taxista le fÃe una carrera y que añore, si le faltara, la griterÃa que forman en su ventana los mercaderes de la madrugada con su carga fresca de hortalizas y de frutas o las voces doloridas de los que imploran un mendrugo bajo el inclemente resistero del mediodÃa o bajo la llovizna mansa y triste que se desliza por los techos de palma seca y de patios verdes donde mugen las vacas de ordeño.
Es propio de los pueblos el cordial saludo callejero, el alegre encuentro en plazas y mercados, y aun en las veladas mortuorias, en las que nos olvidamos del difunto, tal es la algarabÃa que en ellas se forma.
Un pueblo es aquel en el que los jueces son reales, no virtuales, y se reúnen con los abogados por las tardes para tomar cerveza sin necesidad de prevaricar; los ciudadanos votan por gente que no conocen; su alcalde vive y duerme donde fue elegido; donde apenas truena se va la luz; la brisa se aprovecha para elevar barriletes; la ciudad de hierro trae caballitos de yeso y los semáforos tienen los tres colores, pero una sola luz.
Un pueblo es un conjunto de cosas sencillas, desprovistas de pretensiones, algo asà como un calendario bucólico en el que figuran las imágenes de los fogones de leña; de los viejos fumando tabaco y de las señoras, a las cinco de la tarde, echándole fresco a los calores de octubre a punta de paipay en la puerta de su casa todavÃa sin rejas. O a las cinco de la mañana, envueltas en las brumas de la madrugada, poniéndose al dÃa con sus comadres, en los secretos de la noche, mientras barren al desgaire el frente de la casa.
NOTA: No sé si ese pueblo es Sincelejo, pues algunos dicen que ya hizo tránsito a eso que han dado en llamar ciudad amable. En todo caso, si asà fuere, ante su evidente crecimiento y transformación, creo que su verdadero encanto radica en conservar esa esencia elemental de los pueblos, que, pese a todo, se resiste a dejar.
Y, claro, todo eso es lo que me ata a su suelo, en el que nacÃ, vivà y en el que espero rendir mi tributo a la eternidad.