Mercenarios de la Pauta: El Canibalismo del Cambio.

No hay cosa que dé más risa que el de los profetas de la moralidad pública matándose en las redes sociales por el reparto del botín; como lo que son unos piratas.

Durante muchos años, hemos visto como la retórica del cambio como una cruzada mal llamada mística: una epopeya épica donde personas engañados, perdón dizque indignados, armados únicamente con un teléfono móvil y una parla incendiaria que, prometían rescatar a la patria de la corruptela tradicional.

Sin embargo, bastó abrir la llave de la pauta estatal para que la la ideología revolucionaria se mostrara tal y como son: un vulgar contrato de prestación de servicios.

El reciente y grotesco espectáculo entre Levy Rincón e Iván Gómez, sacándose los trapos al sol en una gresca de callejón virtual, no es más que la inevitable digestión de un sistema que alimentó a sus aplaudidores con más de 43.000 millones de pesos de los 53 millones de bobos que nos creen ellos.

La indignación, que antes se ofertaba como un impulso genuino del pueblo despierto, ha resultado ser un producto de consumo masivo con tarifa fija y facturación electrónica. Qué ironía tan refinada que los mismos demonios que se rasgaban sus vestiduras ante el clientelismo de antaño hoy terminen trenzados en una disputa pública, no por ideales sociológicos ni por el bienestar de los marginados, sino por la piñata del presupuesto publicitario.

El activismo de la izquierda colombiana bajo el gobierno de Gustavo Petro no cayó en la tentación del poder; el poder simplemente reveló su precio exacto.

Ver a estas figuras mediáticas, señalarse y acusarse mutuamente de vendidos, mercenarios y oportunistas es ver la tragicomedia y el canibalismo de una fauna que solo se mantenía unida mientras el plato estuviera lleno.

Cuando la pauta estatal fluía sin control, ni auditoría ni pudor, la causa era buena, pura e incuestionable. Pero en cuando los números no cuadraron o los egos chocaron por ver quién facturó más en la caja registradora de la narrativa oficial, la fraternidad ideológica se disolvió y esto se volvió un lodazal de reproches procaces.

Sacarse los trapos al sol en directo no fue un acto de honestidad, sino la pataleta de dos comensales que pelean por la última migaja de un banquete pagado con los impuestos de un país exhausto, que no solo se quedó con la olla vacía, sino que la olla se la llevaron.

Resulta profundamente inmoral que, en una nación con necesidades estructurales desgarradoras, decenas de miles de millones de pesos hayan sido desviados para engordar las finanzas de polemistas digitales, cuyo único mérito académico y profesional ha sido gritar frente a una cámara web y estigmatizar al oponente La pauta pública dejó de ser un instrumento de información ciudadana para convertirse en un subsidio a la adulación.

Se creó así una aristocracia del tuit, una burocracia del aplauso pagado que vive en la paradoja de cobrar del Estado mientras finge mantener su rebeldía de barrotes de cartón. El caso de Rincón y Gómez es el síntoma definitivo de un colapso ético mayor. La narrativa de la superioridad moral, sobre la cual la izquierda construyó su catedral de arrogancia política, ha quedado reducida a un montón de escombros y facturas cruzadas.

Ya no pueden mirar a la cara de ningún colombiano a los que le prometieron dizque transparencia hágame el favor; porque el tufo a privilegio y mermelada digital es demasiado evidente. Pretendían ser los garantes de la ética pública y terminaron convertidos en los bufones mejor pagados de la corte, peleándose a mordiscos en el patio trasero cuando los reflectores se apagan.

La verdadera tragedia no es la decadencia de un par de polemistas que no es que hubieren perdido los modales, porque estos nunca los tuvieron; sino la burla sistemática a la confianza de una ciudadanía que hoy se encuentra indignada por tanta mentira y tanta ignominia.

Financiar el fanatismo con recursos públicos no solo destruye el debate democrático, sino que pudre la fe en las instituciones. Cuando la convicción política necesita 43.000 millones de pesos para sostenerse en redes sociales, no se trata de una ideología: es una franquicia comercial.

Para ponerle fin a esta payasada, la historia no recordará a estos personajes por la contundencia de sus ideas, sino por la vulgaridad de su reparto. La contienda entre Rincón y Gómez pasará a los anales del cinismo político colombiano como la prueba reina de que la causa nunca fue la patria, ni la justicia, ni la equidad, sino la tarifa por minuto de emisión.

Queda al desnudo un proyecto político que sustituyó las transformaciones reales por la compra de aplausos, dejando tras de sí un rastro de retórica vacía, presupuestos devorados y el decadente espectáculo de sus defensores peleando en el barro por el control de la caja chica.

COMPARTIR
COMPARTIR
COMPARTIR

Más Columnas

Imagen de Perfil

Sucre tiene hasta el 15 de noviembre

Imagen de Perfil

Mercenarios de la Pauta: El Canibalismo del Cambio.

Imagen de Perfil

Masacre ESE San Francisco : menos cargos mas contratos

Imagen de Perfil

¿Así cómo?

Imagen de Perfil

Los Montes de María deben ser un territorio de vida

Imagen de Perfil

El renacer de la Nueva Derecha en América Latina