El renacer de la Nueva Derecha en América Latina

Durante décadas, América Latina fue escenario de una misma promesa política: la llamada “justicia social”. Bajo distintas denominaciones, la receta parecía invariable: un Estado más grande, mayores impuestos, más subsidios, más regulación, más redistribución y una creciente intervención sobre la economía. En fin, la promesa de la izquierda de acabar con la pobreza y construir sociedades más igualitarias. Sin embargo, después de años de experimentar esta fórmula se evidencia lo predecible: el socialismo del siglo XXI fue un rotundo fracaso.

Venezuela constituye el ejemplo extremo de lo que ocurre cuando el Estado pretende convertirse en el gran administrador de la economía y de la vida social. Argentina mostró durante años las consecuencias de combinar populismo fiscal, inflación, endeudamiento y una creciente dependencia de la intervención estatal. Colombia atraviesa ahora su propio debate sobre el tamaño del Estado, el gasto público, la inversión, la seguridad, las reglas para producir riqueza y toda la debacle que dejó el gobierno progresista. Chile, por su parte, demuestra algo que la discusión ideológica suele olvidar: no todo puede explicarse mediante consignas. Su experiencia obliga a reconocer que la prosperidad requiere instituciones, estabilidad y condiciones favorables para la inversión y la productividad.

La conclusión debería ser evidente: la pobreza no se derrota simplemente distribuyendo recursos; se derrota creando riqueza. Un subsidio puede aliviar una necesidad, pero no reemplaza un empleo productivo. Una transferencia puede solucionar temporalmente una dificultad, pero no sustituye una economía capaz de generar oportunidades. Y un Estado puede repartir durante algún tiempo, pero no puede repartir indefinidamente aquello que la sociedad deja de producir. Esta es, precisamente, una de las grandes discusiones que debe plantear la Nueva Derecha latinoamericana.

De ese agotamiento está naciendo algo diferente. No estamos simplemente ante el regreso de la derecha tradicional. Estamos ante el surgimiento de una Nueva Derecha que combina libertad económica, defensa de la propiedad privada, seguridad, autoridad, reducción de la burocracia, responsabilidad fiscal, patriotismo y defensa de valores tradicionales. Y, además, incorpora un elemento que puede resultar decisivo: la ruptura con la política profesional tradicional.

Por eso aparecen figuras como Milei y Bukele, y en Colombia emergió Abelardo De la Espriella como una expresión de ese fenómeno. Cada uno tiene características propias y no pueden ser considerados idénticos, pero comparten una narrativa poderosa: el ciudadano está cansado de una clase política que lleva décadas administrando los mismos problemas y ofreciendo las mismas soluciones. El outsider se convierte, entonces, en una expresión del hartazgo frente al sistema.

Esto plantea una pregunta fundamental para las próximas elecciones latinoamericanas: ¿debemos seguir escogiendo a quienes han hecho de la política su profesión o comenzar a valorar también a ciudadanos provenientes de otros sectores de la sociedad? Empresarios, administradores, profesionales, emprendedores y ciudadanos con experiencia en la economía real pueden aportar una mirada diferente a quienes han vivido exclusivamente dentro de la burocracia y los partidos.

No se trata de elegir personas sin preparación ni de convertir la inexperiencia en una virtud. Se trata de entender que haber ocupado cargos políticos no puede ser considerado automáticamente una certificación de capacidad para gobernar. La experiencia puede ser una virtud, pero también puede convertirse en la experiencia de repetir los mismos errores.

América Latina parece estar entrando en una nueva etapa. La batalla es cultural y política, y consiste en elegir entre un burócrata estatista cargado de ideología de género, impuestos y progresismo; un personaje con ideas socialistas o de izquierda, arraigado a los partidos tradicionales; o, por el contrario, apoyar una fórmula distinta: una persona apartada de la hegemonía politiquera, con la vocación de construir una alternativa basada en libertad, producción, seguridad, responsabilidad, espititualidad y renovación política. Un outsider.

Para Brasil no hay tiempo de mostrar un nuevo rostro, pero se debe vencer a la izquierda de Lula y destruir por completo el Foro de São Paulo, al que señalamos como responsable de buena parte de la hegemonía socialista del siglo XXI. Sería un golpe mortal para la izquierda. En Nicaragua y Cuba no hay democracia; su transformación requerirá una ruptura profunda con sus actuales regímenes. México debe esperar hasta 2030. Para 2028, los “Quisqueyanos valientes” deberán romper las cadenas de los partidos tradicionales para dar paso a un nuevo orden de libertad y patriotismo en República Dominicana.

La Nueva Derecha tiene, por tanto, una enorme oportunidad, pero también una enorme responsabilidad. No basta con ganar elecciones. Hay que demostrar que es posible gobernar mejor. No basta con denunciar el fracaso de la “justicia social”. Hay que ofrecer prosperidad. No basta con derrotar electoralmente a la izquierda. Hay que ganar la batalla cultural.

Porque el verdadero cambio no ocurrirá cuando la derecha simplemente llegue al poder, sino cuando una sociedad vuelva a creer que la libertad, la responsabilidad individual, el trabajo y la creación de riqueza son caminos mucho más seguros hacia la prosperidad que la dependencia permanente del Estado.

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