Ciudades en el Camino

Recientemente hice el Camino de Santiago de Compostela y tuve muchas reflexiones en las que comparaba la cultura europea con la colombiana, pero antes de que dejen de leer pues entiendo que hay mucha resistencia a pensar la espiritualidad en estos días, esta no será una columna religiosa pues no me interesa convencer a nadie de mis creencias, pero aprovecho el inciso para que piensen ustedes si la cancelación que están haciendo de los diferentes no los está llevando al ostracismo.

Me interesa un poco más contarles cosas que vi en las ciudades que visité y que me parece que pueden marcar un rumbo para nuestros espacios, algunos en reconstrucción y otros en eterno mejoramiento como Bogotá.

El primer choque cultural que tuve fue con el metro, no por su existencia, sino porque aplican la política de la confianza. La gente paga su pasaje sin que haya un vigilante, sin que te obliguen a hacerlo y, en varias de ellas, no existen los torniquetes. La gente tiene interiorizado que el servicio les funciona para movilizarse y que responsabilizarse de ese pago hace que el sistema perdure y sea funcional. Esto también fue un reto para mi que estoy acostumbrado a preguntar para dónde va una ruta o si me sirve esta o aquella, porque en Latinoamérica siempre somos muy gregarios.

Allá me tocaba hacerme mañas para entender los mapas, comprender las líneas y usar la tecnología para hacerlo por mí mismo. Sin duda creo que en Colombia estamos muy mal acostumbrados a la vigilancia porque todas las reglas o impuestos creemos que son un mal y no una necesidad para la sana convivencia. “El vivo vive del bobo” nos ha hecho un mal incalculable y nos ha sumido en lo que los filósofos llamarían “una minoría de edad” pues somos incapaces de ver más allá del beneficio propio.

El segundo choque está más relacionado al arte. Lisboa es una ciudad que lo transpira. Está en el piso, en el metro, en los azulejos, en las pinturas y en los instrumentos musicales dejados por ahí para que la gente que quiera los use. Eso es fascinante porque de forma inconsciente le dicta a las personas la importancia de la vocación estética, de cuidar los espacios, de reconocerlos como bellos y de amarlos o apropiarlos.

Ahora, si recordamos la teoría de las ventanas rotas, podríamos asociar también tanta belleza como una apuesta a un aumento en la seguridad. Bogotá, claramente veo lo contrario, es una ciudad entregada a la funcionalidad que hace que la gente no se apropie de ella. Hay otras ciudades como Barranquilla o Medellín que le han hecho apuestas importantes al arte y a los espacios compartidos para resignificarlos, volverlos turísticos o darle un respiro a la ciudad.

Ahora, frente a estas dos cosas que les menciono, me gustaría compartirles mi reflexión más importante, pues no quiero enaltecer y divinizar Europa para decir que están mejor allá que nosotros, eso sería ser muy pando. Cuando veía los grandes túneles del metro o caminaba por calles francamente hermosas, muchas en Lisboa reconstruidas y modernizadas tras el terremoto de 1755, sólo pensaba que en varias ocasiones mi generación se deja deslumbrar con que nuestros ciudades y Estados son como son por culpa de quienes los habitamos, pero dejamos de lado el pensamiento de que Europa, la bella, no se construyó en un día.

Tomó años de trabajo, apuestas de nacionales, desde el pago de impuestos hasta la mano de obra desinteresada, y de internacionales para ser lo que son hoy.

Bogotá, por ejemplo, con los estragos del metro tiene la oportunidad de repensarse los espacios comunitarios como lo ha hecho con los CEFE y cómo lo podría hacer con las columnas con jardines verticales o muestras artísticas como lo propone el Concejal Juan David Quintero, para apropiarnos de los espacios y que transmitan la belleza que le admiramos a otros lares.

Estamos en construcción, evolución y, por tanto, nuestras ciudades reclaman que reflexionemos en cómo nos comportamos en y por ellas.

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