Durante generaciones nos dijeron que uno de los grandes logros de la vida era tener casa propia. Estudiar, conseguir trabajo, ahorrar y comprar vivienda. Ser propietario era sinónimo de estabilidad, seguridad y éxito. Pero algo está cambiando. En mi columna anterior hablaba de la crisis de vivienda, de los altos precios, la falta de oferta y las soluciones que seguimos sin ejecutar.
Pero hay otra cara de esta crisis que vale la pena explorar: ¿estamos dejando de comprar vivienda porque no podemos o porque nuestras prioridades están cambiando?
Colombia es hoy un país de arrendatarios. Según el DANE, en 2025 el 40,8% de los hogares vivía en arriendo o subarriendo, mientras el 38,1% habitaba una vivienda propia, totalmente pagada o que todavía estaba pagando. Por cuarto año consecutivo, el arriendo fue la forma de tenencia predominante en el país.
Las cifras reflejan una realidad que tiene dos caras: quienes prefieren arrendar por la libertad que ofrece y quienes simplemente no tienen otra opción.
Por un lado, los altos precios de la vivienda, las dificultades para ahorrar una cuota inicial y el costo del crédito hacen que comprar sea cada vez más difícil. Para muchos jóvenes, endeudarse durante años simplemente no es viable. No es que hayan renunciado al sueño de tener casa propia, es que ese sueño parece cada vez más lejano.
Pero también hay un cambio en las prioridades. Las nuevas generaciones valoramos la flexibilidad. Poder cambiar de ciudad por una oportunidad laboral, vivir cerca del trabajo, mudarnos según nuestras necesidades o simplemente no estar atados a una deuda durante décadas.
Arrendar permite esa libertad. No asumir directamente el impuesto predial ni grandes reparaciones, disponer del ahorro para otras inversiones e incluso vivir en barrios donde comprar sería imposible.
Sin embargo, seguimos cargando con una presión cultural enorme. ¿Cómo así que todavía no tienes apartamento? ¿Hasta cuándo vas a seguir pagando arriendo? ¿No prefieres pagar algo que sea tuyo? Como si pagar arriendo fuera botar la plata y comprar vivienda fuera siempre la mejor inversión.
Y no necesariamente es así. La vivienda propia puede representar patrimonio y estabilidad, pero también implica inmovilizar capital y asumir riesgos. Arrendar ofrece flexibilidad, aunque trae incertidumbre sobre los incrementos, las renovaciones y la permanencia.
Hay una frase que leí hace poco: “El hogar es el centro de la vida en el siglo XXI”. Y si algo nos dejó claro la pandemia fue precisamente eso. El hogar se convirtió en nuestro lugar de trabajo, descanso, encuentro y refugio. Pero que hoy tenga tanta importancia no significa que debamos ser sus propietarios para sentirlo nuestro.
Quizás el verdadero desafío no sea convertir a todos en propietarios, sino garantizar que comprar o arrendar sean opciones reales. Necesitamos más oferta de vivienda, un mercado de arriendo estable y asequible, incentivos para desarrollarlo y reglas que protejan tanto a propietarios como a arrendatarios.
Porque una cosa es elegir arrendar por libertad y otra muy distinta hacerlo porque no existe alternativa. Tener un hogar debería ser una posibilidad para todos. Ser propietario, una elección.
Y quizás sea hora también de dejar de medir el éxito de una generación por las escrituras que tiene a su nombre.