La izquierda siembra la semilla de su destrucción

El wokismo, una corriente de raíz progresista, tiene hoy a París como escenario de una profunda disputa cultural.

Europa, cuna de grandes pensadores, de la filosofía clásica y del derecho, y civilización profundamente marcada por la tradición judeocristiana, atraviesa una confrontación cultural que va mucho más allá de las elecciones. El problema no radica en que sus sociedades debatan sobre derechos, igualdad o discriminación. Surge cuando una ideología pretende explicar las relaciones humanas casi exclusivamente a partir de estructuras de opresión; cuando convierte cada diferencia en un conflicto y presenta la confrontación como el camino hacia la emancipación. A esa corriente, en algunas de sus expresiones contemporáneas, se la identifica como wokismo.

Su genealogía intelectual es compleja, pero una de sus influencias importantes se encuentra en Michel Foucault, filósofo francés que estudió las relaciones entre poder, conocimiento, instituciones y disciplina social. Su concepto de la microfísica del poder permitió analizar cómo este no opera únicamente desde el Estado, sino también a través de las relaciones cotidianas, las instituciones y las normas culturales. Sus ideas influyeron posteriormente en diversas corrientes feministas y en distintas teorías contemporáneas sobre el género, la identidad y la normalización social.

El problema surge cuando la sospecha frente al poder se transforma en una explicación total de la realidad; cuando las instituciones, la familia, la tradición, la religión, la historia nacional e incluso el lenguaje comienzan a interpretarse exclusivamente como instrumentos de dominación. Bajo esa lógica, el desacuerdo deja de entenderse como una diferencia legítima y empieza a presentarse como una forma de violencia; la crítica se confunde con la discriminación y la discrepancia termina sometida al tribunal de la corrección política.

Aquí aparece una de las grandes contradicciones del progresismo: promete construir una sociedad más justa mediante categorías abstractas de igualdad, pero, cuando esas promesas chocan con la realidad, termina presentando la propia realidad como el problema.

Cuando las ideas igualitaristas no logran materializar la utopía prometida, surge una reacción inevitable: la razón comienza a cuestionar el relato ideológico. Es como salir de la caverna de Platón. La luz resulta incómoda porque obliga a mirar aquello que durante años se prefirió ignorar. Entonces, el castillo de naipes comienza a derrumbarse, porque ninguna ideología puede mantenerse indefinidamente en pie cuando sus promesas chocan una y otra vez con la realidad.

Europa conoce las consecuencias de las grandes utopías ideológicas. El continente experimentó el fascismo italiano, el nazismo alemán y, posteriormente, otras formas de socialismo y comunismo, hasta llegar al derrumbe del bloque soviético, simbolizado por la caída del Muro de Berlín. Sin embargo, lejos de abandonar la pretensión de transformar la sociedad mediante la ingeniería ideológica, una parte de Europa ha abrazado nuevas expresiones del progresismo y del wokismo, asociadas a determinadas concepciones igualitaristas y a una permanente sospecha frente a las estructuras tradicionales de la sociedad.

Una sociedad no puede construir una convivencia duradera si convierte cada diferencia en una guerra moral. Por fortuna, en Colombia también comienzan a manifestarse señales de rechazo a esta cultura política y emocional.

Cuando una ideología enseña a una generación a buscar enemigos en cada institución, a sospechar de cada tradición y a encontrar opresión en cada desacuerdo, no está necesariamente construyendo una sociedad más libre: está multiplicando las razones para enfrentarse.

Durante décadas, la izquierda ha prometido sociedades más justas, igualitarias y libres de conflictos. Sin embargo, cuando las ideas políticas se convierten en dogmas y las emociones sustituyen a la razón, las consecuencias pueden terminar siendo exactamente las contrarias de las prometidas: fragmentación, polarización, intolerancia y violencia.

Las ideologías construidas sobre una visión permanente del conflicto terminan atrapadas en una contradicción interna: necesitan encontrar nuevos opresores para mantener viva su propia narrativa.

Por eso, la batalla cultural exige defender la razón, el sentido común, la verdad, la naturaleza de las cosas y la capacidad de llamar a la realidad por su nombre.

Francia enfrenta hoy las consecuencias de un proceso cultural y político que lleva décadas desarrollándose. Francia recoge los frutos de aquello que durante años se dedicó a sembrar.

Y esa es, quizá, la paradoja más profunda de la izquierda: promover una ideología que, en algunas de sus expresiones, adquiere rasgos dogmáticos y emocionales, y que pretende transformar la sociedad de manera permanente, pero que, tarde o temprano, termina chocando de frente con aquello que ninguna ingeniería social puede abolir: la realidad.

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