Aplausos de borrachos, llanto de madre.

Hay un silencio aterrador que solo se conoce cuando se apagan las luces de la fiesta, se termina el efecto de las drogas y el alcohol, y el chasquido metálico de unas esposas se cierra firmemente alrededor de tus muñecas.

Unos segundos antes se sentían los meros machos, el más alzado del barrio, el que no se deja de nadie, rodeado de supuestos amigos que gritaban tu nombre mientras cobardemente levantaban a patada y puños a Jaime Esteban Moreno Jaramillo (Estudiante de la U. Andes), recuerdan quien iba con un amigo en la calle 64 con carrera 15 ; Bogotá; Se la montaron al pelao y lo encendieron a golpes en la salida de una discoteca. Un segundo después, el suelo está manchado de sangre, hay una persona que no respira en el pavimento y tu vida, tal como la conocías, se ha terminado para siempre.

Esta no es una historia de ficción ni el guion de una novela. Es la realidad diaria de miles de jóvenes que hoy pudren sus mejores años en las cárceles colombianas, atrapados en un guayabo ni el $#$###, que termina siendo una resaca perpetua de la que nunca van a despertar.

La cultura de la violencia en este país, es absurda. Nos han vendido la idea falsa de que responder a un empujón, sostener una mirada desafiante, defender un orgullo absurdo o «marcar territorio» son demostraciones de hombría y carácter. Nada más mentiroso, y lo peor es que la gente se lo cree.

La violencia en medio de una noche de tragos y sustancias psicoactivas no es valentía: es cobardía disfrazada de euforia, es la incapacidad absoluta de controlar las propias emociones cuando el químico domina el cerebro.

El trago y la droga son pésimos consejeros, pero son aún peores abogados. Cuando la sustancia entra en el cuerpo, distorsiona la realidad. Un simple tropezón en la pista de baile se percibe como una afrenta personal; una palabra dicha en tono alto se convierte en una declaración de guerra.

El grupo de amigos, lejos de calmar los ánimos, suele actuar como un coro tragicómico que incita, graba con los teléfonos celulares y celebra el primer puñetazo. En ese momento, inflado por la adrenalina y el aplauso fácil de los malos malos amigos, te sientes el rey del mundo. Crees que un golpe no pasa de un ojo morado o un chichón.

Pero el cuerpo humano es frágil. La cabeza contra el borde de un andén, un impacto seco en la mandíbula que desconecta el cerebro, una patada de más cuando el otro ya está en el suelo… y el juego se acaba. El cuerpo de la víctima queda inerte. La multitud que antes gritaba se dispersa en segundos como ratas huyendo del agua. Los «hermanos de la noche», esos que te incitaban a pelear, desaparecen en la oscuridad para no verse involucrados.

Te quedas solo. Tú, el pavimento frío, y el peso aplastante de la ley que cae sobre tus hombros.

Ahí empieza el verdadero infierno. La transición de la fiesta al calabozo es un latigazo de realidad para el que nadie está preparado. La estación de policía no se parece a nada de lo que viste en la pantalla. El olor a sudor, humedad y encierro se te mete por los poros. La borrachera se pasa de golpe, reemplazada por un frío visceral y un pánico que te quiebra las rodillas. Ya no eres el duro del barrio; eres un muchacho aterrorizado, con la cara pálida, temblando en una esquina mientras miras las paredes mugrosas de una celda de paso.

Y luego llega la llamada telefónica. Esas pocas líneas permitidas a las cuatro de la mañana para hablar con la persona que jamás debió recibir esa noticia: tu madre. Escuchar el llanto desgarrador de una madre que se entera de que su hijo ha matado o lisiado a alguien en una pelea no se olvida jamás.

En ese instante, entiendes que no solo destruiste la vida de la víctima y la de su familia; destruiste a tu propia gente. Tu familia, que trabajó años para darte un futuro, ahora tiene que empeñar lo poco que tiene, vender el carro, endeudarse con prestamistas y contratar abogados para intentar salvarte de una pena que se mide en décadas.

La cárcel es un monstruo que devora hombres jóvenes y los escupe hechos pedazos. La gente afuera habla de la cárcel con una ligereza pasmosa, como si fuera una pasantía amarga o una escuela de la vida. Quien habla así no tiene la menor idea de lo que significa la pérdida absoluta de la libertad. La cárcel no es una película de acción; es la degradación sistemática del ser humano.

En el presidio pierdes tu nombre y te conviertes en un número de patio. Pierdes el derecho más básico de decidir a qué hora te levantas, qué comes, cuándo te bañas o con quién duermes. Entras a un ecosistema donde la violencia no es una opción de fin de semana, sino una norma de supervivencia cotidiana. Allá adentro no le importas a nadie. A los jefes del patio no les importa qué tan guapo te creías afuera; allá eres el eslabón más débil de una cadena alimenticia despiadada.

El tiempo en prisión se mide de otra manera. Los días son eternos y los años son montañas imposibles de escalar. Mientras estás encerrado viendo cómo la pintura se cae de la pared de tu celda, la vida afuera continúa sin ti. Tus supuestos amigos de rumba rehacen sus vidas, consiguen trabajo, se casan, viajan, disfrutan.

En cuestión de meses, las visitas que antes eran frecuentes empiezan a espaciarse. La novia que juró esperarte rehace su camino. Los únicos que se quedan, los únicos que sufren el calvario de hacer filas bajo el sol y la lluvia desde las cinco de la mañana con un paquete de comida en la mano para verte un par de horas, son tus padres.
Ver envejecer a tu madre en la fila de visitas, sabiendo que tú eres el único culpable de sus canas y de sus lágrimas, es una condena más pesada que cualquier fallo de un juez.

¿Y todo para qué? ¿Para no quedar como un «cobarde» ante unos desconocidos en una discoteca? ¿Para demostrar que tenías la razón en una discusión estúpida sobre quién tropezó a quién? ¿Valió la pena cambiar treinta años de tu juventud por tres segundos de orgullo alimentados por el alcohol?

Es urgente que las nuevas generaciones entiendan que la verdadera valentía no está en saber golpear, sino en saber retirarse. Tragarse el ego, pedir una disculpa, aunque no se tenga la culpa, dar media vuelta y caminar en dirección contraria a la violencia no es cobardía: es inteligencia emocional, es amor propio y es respeto por la propia vida y la de la familia.

Tragarse la rabia dura un minuto; una condena por homicidio dura toda la vida.

El mundo real no perdona la impulsividad. Los jueces no aceptan como atenuante que «estabas tomado» o que «las drogas te cegaron». Para el sistema penal eres un adulto consciente que tomó una decisión y que debe pagar por ella con el único activo irreparable que posee el ser humano: el tiempo.

Tú si tú pelao, deja de ser idiota, si esta noche sales a divertirte, mira a tu alrededor. Mira a tus amigos, piensa en tu madre que se quedó en casa esperando escuchar la llave en la cerradura a la madrugada, piensa en tus sueños, en la carrera que quieres estudiar, en la vida que quieres construir. No le regales todo eso al alcohol, a las drogas o a un momento de ira descontrolada.

Si sientes que el parche se calienta, si alguien te busca la pelea, si la provocación flota en el aire, ten la hombría de decir «no». Aléjate. Vuelve a casa caminando, respira el aire fresco de la noche, abraza a los tuyos y despierta al día siguiente con la conciencia tranquila y la libertad intacta.

La vida es demasiado hermosa y demasiado corta como para echarla a perder en el fango de una celda por un segundo de estupidez. Sé valiente de verdad: elige tu libertad, elige tu futuro y no dejes que una noche de tragos se convierta en la pesadilla de toda tu vida.

P.D . Este es el caso de Jaime Esteban Moreno (Estudiante de la U. Andes), terminó asesinado por Juan Carlos Suarez Ortiz (26 años) y Ricardo Rafael González Castro (23 años). Condenados a 37 años 6 meses de prisión por Homicidio agravado con circunstancias de mayor punibilidad. Si les interesa comparto el fallo emitido por el Juzgado 801 Penal del Circuito Transitorio con función de conocimiento de Bogotá.

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