Hoy escribo con un nudo en la garganta. La muerte del exsenador Miguel Uribe Turbay, ocurrida este 11 de agosto, me ha tocado profundamente. Nunca comulgué en sus filas políticas, pero sí me solidaricé con él como ser humano.
Recuerdo con claridad el día del atentado que sufrió: sentí dolor y preocupación, y elevé oraciones por su vida. Lo hice porque, como víctima del conflicto armado, sé lo que significa estar en la mira de la violencia. En esos momentos no importan las diferencias políticas; lo único que importa es que la vida prevalezca.
Miguel Uribe Turbay fue un hombre de convicciones claras. Nunca pude estar de acuerdo con él, pero nadie puede negar que creía en el país que defendía. Hoy su partida nos recuerda una verdad que este país parece olvidar con facilidad: ninguna muerte debe ser normalizada; la vida no tiene bandos.
La sangre derramada no distingue ideologías, y las heridas que deja la guerra son siempre las mismas, sin importar quién las sufra.
Por respeto a la memoria y la dignidad de Miguel Uribe Turbay, su imagen no debe ser utilizada como un instrumento para ahondar divisiones o alimentar odios. Su vida y su trayectoria, más allá de las diferencias políticas, merecen ser recordadas con altura y gratitud.
Usar su nombre para confrontar o polarizar sería traicionar el sentido profundo de lo que debe significar su legado: un llamado a la reflexión, a la altura política y al respeto mutuo.
Que su recuerdo sirva para convocar voluntades hacia el progreso de Colombia, no para retroceder en medio de rencillas y enfrentamientos. Que hablemos de él como de un colombiano que creyó en su país y que, con sus aciertos y errores, aportó a la vida pública. Que su imagen inspire a buscar consensos, a tender puentes y a reconocer que el futuro de la nación solo se construye desde la unidad y no desde la fractura.
Quiero hacer un llamado firme, desde la voz de quien ha sentido la violencia en carne propia: a los guerreristas, de cualquier orilla, depongan las armas. El país necesita más manos que construyan y menos dedos que aprieten gatillos. Ya basta de que el odio nos robe generaciones enteras, de que la política se mida en vidas perdidas.
Hoy escribo para invitar al diálogo. Colombia necesita que nos despojemos de los egos, que nos escuchemos sin prejuicios y que recordemos que, por encima de cualquier caudillo o bandera, está la necesidad de un país en paz. Que la memoria de Miguel Uribe Turbay sea un motivo para dialogar, entendernos, para construir un presente donde las diferencias se tramiten con palabras y no con balas.