Levantemonos contra la polarización política.

En tiempos de polarización extrema, como los que azotan a nuestro país y donde de manera casi que obligatoria se nos conmina a pertenecer a algún extremo político, se hace necesario llamar a la INSURRECCIÓN.

Hoy en día, la práctica de un tipo de política avasalladora que recuerda a los tiempos del Frente Nacional socava los principios que fundamentan la existencia propia de una sana democracia.

Parece ser que una especie de caudillismo enfermizo se ha adoptado como la única manera de contemplar la política en Colombia; hoy solo se habla de los petristas y uribistas, negando la oportunidad de reconocer cualquier otro pensamiento político que, si bien puede comulgar con algunos planteamientos de estas dos “vertientes”, goza de plena identidad.

Si bien es cierto que la democracia colombiana ha sobrevivido a pruebas extremas, parece que al día de hoy se ha obviado el ataque contundente que se ha infringido por los simpatizantes de estos extremos.

Agrupar a todos los ciudadanos cuya tendencia política es progresista o de izquierda con el rótulo de “petristas” o a quienes comulgan con ideas de derecha como “uribistas” realmente reduce la dinámica de la democracia a su mínima expresión.

Qué manera más nefasta de acabar con el pluralismo ideológico como principio fundamental de las democracias modernas.

Las consecuencias de esta dinámica, con un claro fin de populismo electoral, no darán espera y las próximas justas electorales seguramente así lo demostrarán, que la matización del sectarismo a los niveles que hoy manejamos terminará afectando de manera negativa la proporción de personas que hoy se identifican en los extremos políticos que hoy coexisten en nuestro país.

Entonces, es necesario plantear una pregunta en aras de evitar la instauración de un tácito nuevo frente nacional, siendo esta: ¿Qué podemos hacer como ciudadanos para evitar la instauración de un ejercicio político fundado en el sectarismo y la polarización?

Y es allí́ donde el concepto de INSURRECCIÓN legítima y legal entra a ser contundente; si nos remitimos a su definición según la RAE, tenemos que la INSURRECCIÓN es “Levantamiento, sublevación o rebelión de un pueblo, de una nación”.

Nos atañe entonces cultivar la capacidad de entender al otro desde su vocación política y no desde la mera afinidad a corrientes políticas de izquierda o derecha.

En departamentos como el nuestro, donde las necesidades pululan, se evidencia con amplia claridad que promover sectarismos se convierte en simple estrategia para la captación de votos, con el único argumento “que el otro es peor que yo”, sin que en realidad se promueva el debate político de las ideas.

Nunca podríamos avanzar en la construcción de una realidad próspera si seguimos con la absurda idea de encerrar a la derecha o la izquierda en partidos políticos.

Esa especie de afán por el protagonismo político, que se debe endilgar además a los dos grandes grupos de encasillamiento político que existen en nuestro país (petristas y uribistas) y que se disfraza además de un interés supremo que busca con exclusividad la primacía del bien general sobre el particular, ha generado en la percepción social el inminente fracaso de los partidos políticos que representan los extremos, sin que esto signifique que dentro de la militancia de los mismos no existan figuras a resaltar.

La sana INSURRECCIÓN es el camino que nos queda a quienes pretendemos una región próspera, alejada de falsos caudillos y cercana a personas con vocación real de servicio.

 

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