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El Intervencionista

Digamos y Narrativa.

Seguramente ya usted habrá observado que ahora no hay quien, entre frase y frase, no intercale las expresiones “digamos” y “narrativa”.

Y entonces, en cualquier intervención de algún personaje (políticos, periodistas, candidatos, conferencistas etc.) se podría escuchar, por ejemplo, que la obligación del Senado de la República, digamos, es dejar de lado la narrativa populista y votar en conciencia si está de acuerdo o no con la consulta popular que ha propuesto el Presidente. 

En un Estado de Derecho, la función del Congreso está ligada, digamos, que a la narrativa que le impongan sus electores.

Es lo que se llama democracia representativa, diferente a la democracia participativa, como sería la que se da con la consulta popular, el plebiscito o el referendo, en los que, digamos, no hay lugar a narrativa, sino a respuestas concretas a preguntas concretas.

Me llama la atención que nuestros congresistas no consultan con sus electores el sentido de sus decisiones, y ahora, especialmente, los senadores (de aquí solo hay dos) no digan cómo van a votar esa iniciativa gubernamental, porque, digamos, que no se conoce que estén auscultando la opinión de sus votantes,

No obstante la facilidad que para ello existe hoy en día, a través de las redes sociales y de la base de datos que deben tener en su organización.

En otros países, el elector tiene a sus representantes como sus voceros en las corporaciones públicas, y les exigen coherencia con la narrativa política que, digamos, implica el mandato.

Esto contrasta con la actitud de los congresistas de izquierda, que se mantienen activos y en permanente contacto con la gente, promoviendo su narrativa para conservar el poder, digamos, que más allá de sus respectivos periodos.

Se nos dirá que una cosa es la campaña con una narrativa cargada de promesas, sin orientación política, y otra los hechos sobrevinientes que tienen que afrontar, digamos, que en el curso del ejercicio. Y puede ser cierto, si además los partidos no ofrecen una estructura ideológica con la cual identificarse.

Pero si sus miembros se tomaran el trabajo de realizar reuniones locales, llámense callejeras, foros o talleres, bien pudieran conocer lo que piensan sus electores sobre determinada narrativa, digamos, de marcado interés particular y nacional.

Se supone que cada uno de ellos pertenece a una bancada que acuerda determinado sentido en la narrativa de sus decisiones, pero en la práctica, digamos que eso no opera, ante la crisis misma que padecen los partidos, por la inclusión en sus listas de personajes ajenos a su natural ideología, y por la desobediencia que surge frente a sus directivas por las prebendas que resultan, digamos que ya sin narrativa, de la corrupción en las altas esferas del poder.

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