Mientras se siga tratando la seguridad como una estrategia de publicidad y no como una realidad tangible, las raíces profundas que generan los hechos violentos en el departamento de Sucre seguirán persistiendo.
Si bien es cierto que se muestran reducciones importantes en las estadísticas de algunas conductas punibles, sería desacertado endilgar dichas reducciones a transformaciones estructurales en las causas de la criminalidad; más bien esta aparente mejoría responde a aciertos de la Policía Nacional y/o fuerzas militares de Colombia.
Es ineludible que la situación actual de nuestro departamento traiga a mi memoria aquella afamada teoría criminológica de la “ventana rota” que nos enseña que la seguridad se garantiza cuando se ataca de manera inmediata las pequeñas señales de desorden y, en Sucre, la administración departamental ha limitado el tratamiento de la violencia a suministrar aparatos tecnológicos a los distintos cuerpos del orden, lo que se traduce en más patrullajes, más capturas, más incautaciones de armas.
Pero realmente estas acciones, aunque necesarias, no son más que paliativos en el tratamiento de la violencia que al día de hoy pulula en el departamento; se siguen ignorando los pilares que sostienen la violencia: la desigualdad, la falta de oportunidades educativas, el desempleo juvenil y la débil presencia institucional en zonas rurales. Sobre esto poco o nada se plantea; día a día seguimos evidenciando el afán inmensurable de generar falsas percepciones y muy pocas soluciones palpables.
En la actualidad la Gobernación de Sucre esgrime el enfoque el militar, que fundamenta su gestión en bloqueos, allanamientos y operativos especiales, vendiendo dicho enfoque como la panacea para la solución de un problema estructural, desconociendo casi que adrede, que esa visión tradicionalista de la violencia en Colombia ha sido desacreditada a lo largo de la historia y así se reafirma teniendo en cuenta lo imposible que sido mantener la baja de los delitos de alto impacto en lo que va de este año 2025 en relación con 2024 y aún así se sigue celebrando por parte de la actual administración departamental “logros históricos” mientras que la cotidianidad de los Sucreños nos obliga a vivir entre el miedo, el desempleo y falta de oportunidades reales.
Una política de seguridad real no puede fundamentarse en espectáculos circenses construidos sobre percepciones, dejando a un lado la gestión real de la violencia y dándole prioridad a la gestión de sus cifras, siguiendo la conocida lógica de “tapar huecos”, dejando así de lado las transformaciones de aspectos profundos como los antes mencionados (la desigualdad, la falta de oportunidades educativas, el desempleo juvenil y la débil presencia institucional en zonas rurales y otros más).
Nuestro departamento no necesita más anuncios extravagantes pero vacíos , patrullas nuevas en plazas públicas y todo ese despliegue digno de la premier de una película de Hollywood, Sucre necesita inversión social, educación de calidad, empleo digno, justicia efectiva y presencia estatal integral, nuestro departamento se convierte en un claro ejemplo de lo que en otrora exponía Jock Young bajo el rótulo de “Anomia institucional” donde el Estado deja de ser visto como un garante de derechos y se convierte en un generador de frustración y en nuestro departamento este concepto se materializa entre otras realidades, en la cantidad exagerada de jóvenes que no gozan de oportunidades reales y desempleados que ven la actividad delictiva una alternativa real para satisfacer sus necesidades básicas.
La historia pondrá en evidencia que la disminución de delitos de alto impacto en 2024, que tanto se ha vendido por parte de la actual gobernadora como una gestión excepcional de la violencia en el departamento, no es más que una cortina de humo que no podrá mantenerse por mucho tiempo, pues es evidente que “la primera” no gobierna la violencia, gobierna la percepción; no propone políticas públicas, simplemente hace marketing político.
“La política es el arte de hacer creer.”
Napoleón Bonaparte.