Dejen de juzgar a las víctimas

Cada vez que una mujer denuncia una agresión sexual o una situación de violencia basada en género, pareciera que el primer juicio no recae sobre el agresor, sino sobre ella.

¿Qué hacía allí? ¿Por qué estaba sola? ¿Por qué no denunció antes? ¿Por qué volvió con él? Estas preguntas, tan frecuentes en la conversación pública, revelan una preocupante tendencia social: buscar explicaciones en la conducta de la víctima antes que exigir responsabilidades a quien ejerció la violencia.

Es una forma de revictimización que sigue alimentando el silencio, la impunidad y la desconfianza en las instituciones.

La psicología ha explicado este fenómeno a través de la llamada «hipótesis del mundo justo», según la cual muchas personas necesitan creer que las cosas malas solo les ocurren a quienes hicieron algo para merecerlas. Es una ilusión que ofrece tranquilidad, pero que resulta profundamente injusta cuando obliga a las víctimas a demostrar su inocencia.

A ello se suma el mito de la «víctima perfecta»: la falsa idea de que quien realmente sufrió violencia debe reaccionar de una única manera, llorar, denunciar de inmediato, recordar cada detalle y romper todo vínculo con el agresor. La realidad demuestra exactamente lo contrario. El trauma produce respuestas distintas en cada persona y ninguna de ellas invalida su condición de víctima.

Quizá uno de los mayores prejuicios sea cuestionar a quienes permanecen o regresan con su agresor. Se les acusa de exagerar, de mentir o incluso de disfrutar la violencia. Nada más alejado de la evidencia científica.

El ciclo de la violencia, la manipulación emocional, la dependencia económica, las amenazas, el miedo, el aislamiento y la indefensión aprendida explican por qué romper una relación violenta suele ser un proceso difícil y, muchas veces, peligroso. Nadie permanece porque quiera sufrir; muchas personas permanecen porque han sido atrapadas en una red de violencia que destruye lentamente su capacidad de decidir con libertad.

Si realmente queremos construir una sociedad comprometida con los derechos humanos, debemos dejar de buscar culpables entre quienes sobreviven a la violencia y concentrar nuestra atención en quienes la ejercen.

Mientras sigamos interrogando a las víctimas con mayor severidad que a los agresores, estaremos enviando un mensaje devastador: que denunciar tiene un costo social más alto que violentar. La verdadera justicia comienza cuando dejamos de preguntar qué hizo la víctima y empezamos a exigir cuentas al responsable de la agresión.

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