Como una refrescante pausa en estos días de reflexión y de tantos y confusos sucesos políticos, nada mejor que darnos un paseo virtual por la Mojana, esa región misteriosa y desamparada, a pesar de tantas promesas renovadas en cada contienda electoral.
De mi parte, puedo hacerlo con sólo recordar la primera vez que estuve allí en 1975, como secretario de Hacienda en el Gobierno de Rafael Vivero Percy, y luego, diez años más tarde, ya como gobernador, cuando fui varias veces para llevar apenas medianas soluciones de campanario al alcance de nuestro presupuesto, siempre insuficiente para acometer obras que, antes y ahora, le corresponden a la Nación, en las que se han invertido incalculables sumas de dinero en repetidos estudios ahogados en la corriente de la ineficacia y de la corrupción.
Y también con la imagen nítida en la memoria de los embalses de ganado que hacíamos, hace muchos años en La Solera, de paso para La Caspiroleta, un pedazo de ciénaga arrendada como solución para los veranos sabaneros, bajo el impresionante espectáculo de las reses adultas nadando presurosas para alcanzar la otra orilla, siempre atentas a sus crías, con la ayuda de canoas a lado y lado de la fila, para capotear la corriente y guiarlas con precisión hacia los nuevos pastos, en medio de su bramido alegre ante el derroche de vida que esa llanura extraña le ofrece con la feracidad y el ímpetu del pastizal, como si se tratara de la tierra prometida, Y todo, entre la algarabía de los niños sin escuela, del vuelo de los pisingos despavoridos por el estallido de una escopeta hechiza, del asombroso equilibrio de las garzas, de la vegetación generosa, del paisaje infinito, del canto de los pájaros, de los arreboles en el cielo encendido, y de una sensación de abandono y soledad, como visión primeriza y formidable que aquella región introduce, con una fuerza extraña, en el ánimo de un sabanero urbano.
Maravilloso que todo eso quedara plasmado en la obra de nuestros cantores y juglares como compendios naturales de toda la simbología social de nuestros pueblos con su carga de pobreza o de riqueza; de esperanza o desesperanza; de nostalgia o de alegría fugaz, nunca eterna.
Es la historia de lo vivido o de lo por vivir en un entorno amable que casi siempre designa la trashumancia que las veleidades del tiempo nos impone con determinismo inevitable, cantada con voces bohemias trasnochadas que hablan de playones, ciénagas, cantos de vaquería en los arreos de la tarde, inviernos o veranos, como en Adriano Salas, con su Caño Lindo y Panorama o en Leonardo Gamarra con el Centauro y Diluvina, que retratan la centenaria historia de esa región a la que acuden, sin vergüenza, los vendedores de esperanza y compradores de votos en medio de las inundaciones o sequías naturales o artificiales provocadas otrora por las imprevisiones de un cura, y hoy por los caprichos de la naturaleza cuando pone cara de gato, y por la fuerza incontenible de la corrupción que ronda a las soluciones y esquiva la indemnización que se les debe a sus habitantes, engañados desde siempre por políticos disfrazados de gobernantes.
Pero ya vendrán otras semanas de pausas y reflexiones y de viajes reales o virtuales, y comprobaremos que allá nada ha cambiado. No sabremos, entonces, si para bien o para mal.