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El Intervencionista

¿Buen padre o verdugo?

Hay un término acuñado en los anaqueles del derecho romano arcaico que describe al «paterfamilias» como el jefe del hogar y la persona responsable de las decisiones importantes del «domus», que en el latín romano hace referencia a un espacio físico y también al núcleo familiar bajo su autoridad.

De ahí proviene la expresión jurídica «buen padre de familia», concepto que se ha mantenido vigente en los códigos civiles de países como España y gran parte de Latinoamérica para denotar a una persona diligente, responsable y prudente en la administración de sus propios bienes y de aquellos que están a su cargo.

En otras palabras, es un estándar en el contexto legal para determinar el alcance de responsabilidad que se espera de una persona sensata y cuidadosa en la administración de sus asuntos personales y patrimoniales.

Para el derecho colombiano, actuar como un «buen padre de familia» es cumplir las obligaciones de manejo y protección de bienes y personas con diligencia y cuidado en la administración de los negocios.

Este concepto es una vara básica y elemental que se aplica a todas aquellas personas que tienen bajo su cargo la administración de bienes y personas, ya sea que estén sujetas al derecho privado o al derecho público, llámense gerentes, directores o representantes legales de empresas o entidades públicas.

Sincelejo, como nuestro hogar, no ha contado —como se llamaría en la antigua Roma— con un buen «paterfamilias», pues la persona encargada de administrar nuestro patrimonio colectivo —alcalde—, en vez de actuar como «un buen padre de familia», de quien se espera la administración de los bienes públicos con diligencia y cuidado por ser el patrimonio de todos los conciudadanos, jugó a ser un padre irresponsable que endeuda el hogar, despide a su gente y luego pretende vender la casa para salir del hueco que él mismo cavó.

Por el contrario, tenemos al padre «bonachón» que botó la casa por la ventana con eventos y festines, que ha sido un buen maestro del despilfarro; que con su ejemplo le está enseñando a las nuevas generaciones cómo son los bienes públicos: «Lo que no nos cuesta, lo hacemos fiesta», aunque le esté costando sudor y lágrimas a todos los contribuyentes.

Un buen padre de familia no compromete el patrimonio familiar improvisando, sino que prevé planificando, para dejar un futuro o legado asegurado para los que vienen detrás de él.

¿Es un buen padre de familia aquel que les deja a sus hijos un déficit fiscal de 57.000 millones de pesos solo en año y medio de gestión? ¿Que empeñó los ingresos futuros de la casa para embelesarlos en pomposas francachelas deportivas, en programas de alimentaciones escolares y en la creación de plantas temporales, todos estos con sobrecostos, que han llevado al municipio a la quiebra!?

Lo cierto es que tenemos un mal padre, prepotente y descuidado, quien, en vez de reconocer sus errores y redireccionar el rumbo de su hogar, rompiendo con sus patrones de conducta despilfarradora, sin asco alguno, abrió venta de garaje para subastar las vajillas finas de la casa como corotos improductivos, y montó un paredón en el jardín para descabezar a su propio personal de servicio.

La figura del buen padre de familia no es simplemente una metáfora jurídica; es un estándar ético, un principio rector que debería guiar cada decisión pública. En Sincelejo, ese ideal ha sido pisoteado por una administración que, en lugar de proteger el patrimonio común, lo ha dilapidado sin escrúpulos.

Gobernar no es jugar a ser papá en campaña y verdugo en el poder.  Gobernar es entender que cada peso público representa un derecho colectivo: a la educación, a la salud, a la infraestructura, a la dignidad.

No se puede seguir normalizando el populismo presupuestal ni el liderazgo basado en la apariencia, mientras la realidad huele a crisis.

Sincelejo no necesita un patriarca autoritario ni un padrino festivo; necesita un verdadero padre de familia: responsable, prudente y transparente.  Porque la ciudad no es suya, es de todos.  Y si los hijos —la ciudadanía— no despiertan a tiempo, lo que queda de casa se lo llevará el guere guere.

 

 

 

 

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