Hace unos días taché un sueño de mi lista: recorrer una parte del Camino de Santiago.
Esta etapa, de Sarria a Santiago de Compostela en España, es la última del Camino Francés. Fueron 115 kilómetros, cinco jornadas y más de 40 horas a pie que me retaron y, al mismo tiempo, me reconciliaron conmigo misma.
Cada vez que decía o recibía un “¡Buen Camino!” sentía renovarse el aliento y comprendía que esta ruta es, ante todo, un pacto colectivo de ánimo.
El Camino nació hace siglos al emular la senda del apóstol Santiago, y todavía conserva esa carga espiritual que impulsa a buscar un propósito superior, aunque hay personas que lo hacen con enfoques distintos al religioso.
La recompensa no es solo llegar a la imponente plaza y entrar en la Catedral con la esperanza de ver al Botafumeiro, el incensario más grande del mundo cristiano, sino constatar que el esfuerzo, físico y mental, valió la pena.
Este viaje personal es una analogía de la vida misma. Aunque iniciamos en grupo, identificados con la vieira del peregrino, pronto cada quien tomó su rumbo.
Hubo silencios acompañados solo por el murmullo del bosque y el sol incandescente, chubascos repentinos que desembocaron en granizo, pendientes que quemaban las pantorrillas y barro y piedras, literalmente, en el zapato.
Los mojones de granito y las inconfundibles flechas amarillas jamás dejaron que me sintiera perdida; sellar el pasaporte del peregrino y acumular sellos de todo tipo era el recordatorio lúdico de que avanzaba.
Mis dos primeros días fueron los más duros. En el primero tuve que bajar el ritmo y terminé penúltima; al siguiente me esperaban casi ocho horas sin apenas pausas. Preparada, con buenas botas, cremas, curitas y electrolitos, aun así hubo momentos en los que caminaba por inercia y quise rendirme.
Entonces recordé la lección esencial: esto no es una carrera ni una competencia con otros, sino un diálogo con uno mismo. Cada pausa para un café, una tortilla española o una tarta vasca, cada conversación fugaz y cada mirador campestre, formaban parte de la meta.
El Camino, como la vida, es largo y culebrero: subidas y bajadas exigen encontrar nuestro ritmo, imponernos nuestro propio tiempo y, sobre todo, llegar, sin importar cuándo. La aventura radica en detenerse, contemplar el paisaje, descubrir pueblitos y atesorar historias que enriquecen la travesía. Confirmé que, si yo no actúo por mí misma, nadie lo hará.
Hoy guardo mi compostelana, el certificado que acredita mi peregrinaje, como un trofeo íntimo. Tal vez no vuelva a hacer el Camino, pero aprendí que el ritmo lo marca el corazón, que la voluntad se entrena paso a paso y que, mientras resuene un “¡Buen Camino!”, siempre habrá motivos para seguir adelante.